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jueves, 5 de julio de 2012

La Colonia Penitenciaria (Franz Kafka)



Hace pocos días, exactamente el 3 de Julio se celebró el 129° aniversario del nacimiento de uno de los más grandes escritores del pasado siglo: Franz Kafka. Y que mejor manera de homenajearlo, que comentando uno de sus textos poco difundidos, pero que se encuentra al nivel de sus más grandes obras. Me refiero a su cuento “La Colonia Penitenciaria”.

Este cuento Kafka lo escribió alrededor del año 1914, año en que también concibió otras de sus grandes obras: El Proceso.

Antes de continuar debo confesar que nunca había escuchado de este cuento de Kafka. Ya había leído sus grandes obras, algunos relatos cortos y cartas, pero no me había topado con este cuento. Todo pasó hace unos años cuando me encontraba leyendo un libro de Haruki Murakami llamado “Kafka en la Orilla”, en donde en su contexto realiza un pequeño homenaje a Kafka. En uno de los apartes del libro, el protagonista menciona el cuento de Kafka “La Colonia Penitenciaria”, y lo describe un poco, y desde ese momento traté de conseguirlo inmediatamente. Cuando lo encontré lo leí, y me gustó mucho.

En este cuento, Kafka nos traslada a una colonia penitenciaria en donde un explorador extranjero se encuentra de visita. El explorador es invitado por el nuevo comandante a presenciar la ejecución de un soldado condenado por desobediencia e insulto hacia sus superiores. El explorador asiste a la ejecución y se encuentra con el oficial, un hombre fiel al viejo comandante que falleció. El oficial muestra orgullosamente al explorador la máquina con la que será ejecutado el soldado. Esta máquina fue creada por el antiguo comandante, y es un ingenioso, doloroso y terrorífico artefacto de matar. Al activarla, la máquina escribe automáticamente sobre el cuerpo del condenado, la sentencia por la que merece la muerte. Es un proceso largo y doloroso, que finaliza luego de 12 horas, cuando las agujas han atravesado completamente al acusado, dejándole la profundo, dolorosa y mortal inscripción en su pecho. El oficial como enfrenta la negativa del nuevo comandante a utilizar la máquina, decide convencer al explorador internacional a que conozca las maravillas del artefacto y convenza al nuevo comandante de su importancia. El explorador se rehúsa a apoyar semejante monstruosidad, y el oficial resignado se ve obligado a darle una lección al explorador, deja libre al acusado y él mismo se somete a su propia máquina. En este proceso el explorador hará descubrimientos muy interesantes.

El cuento es narrado a través de un narrador omnisciente, con una gran contundencia y destreza. Las descripciones que son de gran importancia, son precisas. Y los personajes se encuentran muy bien dibujados. Es un cuento macabro que mezcla dos de los temas que siempre son recurrentes en Kafka: la filosofía y la política.

La política desde el inicio, con su particular punto de vista de la justicia. Desde esta óptica, se nota que el cuento está relacionado con su novela “El Proceso”, porque en ambas hay un desequilibrio en la justicia. Condenados que son perseguidos, privados de la libertad, acusados, y no tienen conocimiento de su agravio, ni derecho a defensa, sino que simplemente como dice el Oficial: “La culpa siempre es indudable”. Esto precisamente lo dice cuando se encuentra emocionado explicándole al explorador el funcionamiento de la máquina, pero el explorador se encuentra más interesado en la sentencia del condenado. En esta parte, se nota mucho el conocimiento, manejo e interés de Kafka sobre la justicia, por sus estudios de derecho.

Y la filosofía, porque todo texto de Kafka tiene una marcada influencia hacía la corriente existencialista, que tanto lo proclaman como uno de sus más grandes insignias literarias. Hay varios puntos para analizar la parte filosófica, inicialmente tenemos un ejemplo de aleación con el fanático oficial. Este que venera al viejo comandante y a su maravillosa creación. Cree firmemente en sus convicciones, tanto que al enterarse de que esa máquina no va a volver a funcionar, decide ofrecerse a ser el último en utilizarla. Ofrece su cuerpo, manteniendo a flote sus ideales y su esperanza de que el explorador recapacite, al cambiar la inscripción de las agujas por la frase “Sé justo”. Esa frase que se le incrusta en todo el cuerpo, por esa máquina que tanto adora.

Otro momento importante para el análisis, es cuando el oficial se encuentra siendo masacrado, y el explorador observa aterrado y pide la ayuda del condenado y del soldado, y ninguno de los dos se mueve. Y el condenado, al contrario disfruta de la perfección de la máquina, al destrozar la vida de su antiguo verdugo. Aquí hay un cambio de poder, ese cambio que saca a flote el lado oscuro de la naturaleza humana.

Y finalmente, para seguir analizando, cuando el oficial ya ha muerto, el explorador aterrado se dirige con el soldado y el ex condenado hacía una confitería, en donde descubre un culto hacía el viejo comandante. El explorador sale más aterrorizado, y va directo hacía el puerto para abandonar ese sitio infernal, pero al ver que el soldado y el condenado lo siguen, pretendiendo que se los lleve consigo, el explorador se precipita a la balsa y detiene el intento de los dos hombres, al amenazarlos con un cable, si se atrevían a saltar a su balsa. Y aquí llegamos a otro punto fascinante y oscuro, el explorador se aterra de la humanidad y abandona esa colonia podrida. El Kafka pesimista se hace presente.

El cuento es genial, y tiene muchas otras lecturas aún, y símbolos latentes, como el significado de esa espectacular y diabólica máquina en forma de imprenta. Y desde luego, muchas relaciones con el presente, que cada lector se encargará en su propia reflexión de situar en determinado contexto y/o escenario.

En síntesis, es un cuento contundente y macabro, que fascinará a todos los seguidores y amantes de este gran escritor.

8.5/10


En 1962 Orson Welles adaptó una de las grandes obras de Kafka, “El Proceso”. Al inicio del filme, Welles en forma de prólogo o “Intro” añade un relato corto de Kafka titulado “Ante la Ley”. El relato en sí es fascinante, y podemos verlo en el siguiente enlace, en los primero minutos del filme de Welles:

Intro de "El Proceso"


Y a continuación, pueden observar el filme completo de Orson Welles “El Proceso”:

Película Completa


Pueden leer “La Colonia Penitenciaria” en el siguiente enlace:

La Colonia Penitenciaria


jueves, 19 de enero de 2012

Aceite de Perro (Ambrose Bierce)


Ambrose Bierce fue uno de los primeros autores que me asombraron increíblemente. Y fue precisamente “Aceite de Perro”, el relato que más me sorprendió inicialmente. Pero antes de hablar de su relato, es importante y necesario hacer un repaso rápido sobre su vida, que fue misteriosa y muy interesante.

Bierce (1842 – 1913), nació en una familia de 13 hijos, donde él fue el décimo, todos tenían nombres que empezaban por “A”. Sus padres, quienes influirían notablemente en su obra. Su madre llevaba las riendas de la familia, a la que a la vez sustentaba, y su padre, un agricultor sin fortuna, quién además era creyente excesivo. Bierce y sus hermanos crecieron en un ambiente difícil, por lo que algunos de los hermanos adquirieron un carácter fuerte y cosecharon un odio a sus padres y su familia. Además cuentan que uno de sus hermanos de escapó de la casa y una hermana fue devorada por caníbales en África, donde se encontraba de misionera.

Posteriormente, siendo joven tuvo amores con una mujer mayor de 70 años, ingresó a una escuela militar donde tuvo problemas, fue a la guerra (Batalla de Shiloh) donde tuvo experiencias terribles, que servirían posteriormente en sus relatos, y se casó con una mujer hermosa, con la cual se separó al descubrir unas cartas comprometedoras de ella con un admirador. Era misántropo, su gran influencia fue Edgar Allan Poe. Es considerado uno de los mejores cuentistas de la historia, caracterizado por escribir algunos de los mejores relatos macabros de la literatura.

Escribió cuentos macabros y de terror, por lo que formaría parte del club de los mejores escritores del género, en donde figuran: Edgar Allan Poe, Maupassant, Lovecraft y el contemporáneo Stephen King.

Como hemos visto, toda su vida fue una increíble novela también, y el final de la misma también lo fue. Ya que es una de las desapariciones más famosas de la literatura. Ambrose Bierce desapareció en 1913, en donde lo observaron cuando se unía como observador al ejército de Pancho Villa en Chihuahua, México. Después de eso, no hay rastro de Bierce.



Aceite de Perro

Aceite de Perro, que es un cuento macabro corto hace parte de un libro, que es una serie de cuentos, llamado: “El Club de los Parricidas”, recordemos que “Parricida” se conoce a aquellos que cometen un homicidio sobre un pariente de la misma sangre, teniendo conciencia del parentesco. Si retrocedemos en su historia, vemos que aquí hay una gran influencia de sus padres, a los cuales odiaba. En el Club de los Parricidas, Bierce en una serie de cuentos simula confesiones ficticias de personas que cometieron dichos crímenes. Uno de ellos es “Aceite de Perro”, mi favorito, y que comparto a continuación:


ACEITE DE PERRO (Ambrose Bierce)

Me llamo Boffer Bings. Nací de padres honestos en uno de los más humildes caminos de la vida: mi padre era fabricante de aceite de perro y mí madre poseía un pequeño estudio, a la sombra de la iglesia del pueblo, donde se ocupaba de los no deseados. En la infancia me inculcaron hábitos industriosos; no solamente ayudaba a mi padre a procurar perros para sus cubas, sino que con frecuencia era empleado por mi madre para eliminar los restos de su trabajo en el estudio. Para cumplir este deber necesitaba a veces toda mi natural inteligencia, porque todos los agentes de ley de los alrededores se oponían al negocio de mi madre. No eran elegidos con el mandato de oposición, ni el asunto había sido debatido nunca políticamente: simplemente era así. La ocupación de mi padre -hacer aceite de perro- era naturalmente menos impopular, aunque los dueños de perros desaparecidos lo miraban a veces con sospechas que se reflejaban, hasta cierto punto, en mí. Mi padre tenía, como socios silenciosos, a dos de los médicos del pueblo, que rara vez escribían una receta sin agregar lo que les gustaba designar Lata de Óleo. Es realmente la medicina más valiosa que se conoce; pero la mayoría de las personas es reacia a realizar sacrificios personales para los que sufren, y era evidente que muchos de los perros más gordos del pueblo tenían prohibido jugar conmigo, hecho que afligió mi joven sensibilidad y en una ocasión estuvo a punto de hacer de mí un pirata.

A veces, al evocar aquellos días, no puedo sino lamentar que, al conducir indirectamente a mis queridos padres a su muerte, fui el autor de desgracias que afectaron profundamente mi futuro.

Una noche, al pasar por la fábrica de aceite de mi padre con el cuerpo de un niño rumbo al estudio de mi madre, vi a un policía que parecía vigilar atentamente mis movimientos. Joven como era, yo había aprendido que los actos de un policía, cualquiera sea su carácter aparente, son provocados por los motivos más reprensibles, y lo eludí metiéndome en la aceitería por una puerta lateral casualmente entreabierta. Cerré en seguida y quedé a solas con mi muerto. Mi padre ya se había retirado. La única luz del lugar venía de la hornalla, que ardía con un rojo rico y profundo bajo uno de los calderos, arrojando rubicundos reflejos sobre las paredes. Dentro del caldero el aceite giraba todavía en indolente ebullición y empujaba ocasionalmente a la superficie un trozo de perro. Me senté a esperar que el policía se fuera, el cuerpo desnudo del niño en mis rodillas, y le acaricié tiernamente el pelo corto y sedoso. ¡Ah, qué guapo era! Ya a esa temprana edad me gustaban apasionadamente los niños, y mientras miraba al querubín, casi deseaba en mi corazón que la pequeña herida roja de su pecho -la obra de mi querida madre- no hubiese sido mortal.

Era mi costumbre arrojar los niños al río que la naturaleza había provisto sabiamente para ese fin, pero esa noche no me atreví a salir de la aceitería por temor al agente. "Después de todo", me dije, "no puede importar mucho que lo ponga en el caldero. Mi padre nunca distinguiría sus huesos de los de un cachorro, y las pocas muertes que pudiera causar el reemplazo de la incomparable Lata de Óleo por otra especie de aceite no tendrán mayor incidencia en una población que crece tan rápidamente". En resumen, di el primer paso en el crimen y atraje sobre mí indecibles penurias arrojando el niño al caldero.

Al día siguiente, un poco para mi sorpresa, mi padre, frotándose las manos con satisfacción, nos informó a mí y a mi madre que había obtenido un aceite de una calidad nunca vista por los médicos a quienes había llevado muestras. Agregó que no tenía conocimiento de cómo se había logrado ese resultado: los perros habían sido tratados en forma absolutamente usual, y eran de razas ordinarias. Consideré mi obligación explicarlo, y lo hice, aunque mi lengua se habría paralizado si hubiera previsto las consecuencias. Lamentando su antigua ignorancia sobre las ventaja de una fusión de sus industrias, mis padres tomaron de inmediato medidas para reparar el error. Mi madre trasladó su estudio a un ala del edificio de la fábrica y cesaron mis deberes en relación con sus negocios: ya no me necesitaban para eliminar los cuerpos de los pequeños superfluos, ni había por qué conducir perros a su destino: mi padre los desechó por completo, aunque conservaron un lugar destacado en el nombre del aceite. Tan bruscamente impulsado al ocio, se podría haber esperado naturalmente que me volviera ocioso y disoluto, pero no fue así. La sagrada influencia de mi querida madre siempre me protegió de las tentaciones que acechan a la juventud, y mi padre era diácono de la iglesia. ¡Ay, que personas tan estimables llegaran por mi culpa a tan desgraciado fin!

Al encontrar un doble provecho para su negocio, mi madre se dedicó a él con renovada asiduidad. No se limitó a suprimir a pedido niños inoportunos: salía a las calles y a los caminos a recoger niños más crecidos y hasta aquellos adultos que podía atraer a la aceitería. Mi padre, enamorado también de la calidad superior del producto, llenaba sus cubas con celo y diligencia. En pocas palabras, la conversión de sus vecinos en aceite de perro llegó a convertirse en la única pasión de sus vidas. Una ambición absorbente y arrolladora se apoderó de sus almas y reemplazó en parte la esperanza en el Cielo que también los inspiraba.

Tan emprendedores eran ahora, que se realizó una asamblea pública en la que se aprobaron resoluciones que los censuraban severamente. Su presidente manifestó que todo nuevo ataque contra la población sería enfrentado con espíritu hostil. Mis pobres padres salieron de la reunión desanimados, con el corazón destrozado y creo que no del todo cuerdos. De cualquier manera, consideré prudente no ir con ellos a la aceitería esa noche y me fui a dormir al establo.

A eso de la medianoche, algún impulso misterioso me hizo levantar y atisbar por una ventana de la habitación del horno, donde sabía que mi padre pasaba la noche. El fuego ardía tan vivamente como si se esperara una abundante cosecha para mañana. Uno de los enormes calderos burbujeaba lentamente, con un misterioso aire contenido, como tomándose su tiempo para dejar suelta toda su energía. Mi padre no estaba acostado: se había levantado en ropas de dormir y estaba haciendo un nudo en una fuerte soga. Por las miradas que echaba a la puerta del dormitorio de mi madre, deduje con sobrado acierto sus propósitos. Inmóvil y sin habla por el terror, nada pude hacer para evitar o advertir. De pronto se abrió la puerta del cuarto de mi madre, silenciosamente, y los dos, aparentemente sorprendidos, se enfrentaron. También ella estaba en ropas de noche, y tenía en la mano derecha la herramienta de su oficio, una aguja de hoja alargada.

Tampoco ella había sido capaz de negarse el último lucro que le permitían la poca amistosa actitud de los vecinos y mi ausencia. Por un instante se miraron con furia a los ojos y luego saltaron juntos con ira indescriptible. Luchaban alrededor de la habitación, maldiciendo el hombre, la mujer chillando, ambos peleando como demonios, ella para herirlo con la aguja, él para ahorcarla con sus grandes manos desnudas. No sé cuánto tiempo tuve la desgracia de observar ese desagradable ejemplo de infelicidad doméstica, pero por fin, después de un forcejeo particularmente vigoroso, los combatientes se separaron repentinamente.

El pecho de mi padre y el arma de mi madre mostraban pruebas de contacto. Por un momento se contemplaron con hostilidad, luego, mi pobre padre, malherido, sintiendo la mano de la muerte, avanzó, tomó a mi querida madre en los brazos desdeñando su resistencia, la arrastró junto al caldero hirviente, reunió todas sus últimas energías ¡y saltó adentro con ella! En un instante ambos desaparecieron, sumando su aceite al de la comisión de ciudadanos que había traído el día anterior la invitación para la asamblea pública.

Convencido de que estos infortunados acontecimientos me cerraban todas las vías hacia una carrera honorable en ese pueblo, me trasladé a la famosa ciudad de Otumwee, donde se han escrito estas memorias, con el corazón lleno de remordimiento por el acto de insensatez que provocó un desastre comercial tan terrible.

(Ambrose Bierce)