jueves, 3 de mayo de 2012

La Trilogía de Nueva York (Paul Auster): "Ciudad de Cristal"


En el Club de Lectura donde asisto, estamos en un ciclo analizando la Trilogía de Nueva York de Paul Auster. Iniciamos con la primera parte del libro que se llama “Ciudad de Cristal”. Estaré compartiendo los comentarios de cada una de las partes de la trilogía, y al final uno general analizando el paquete completo.

Ciudad de Cristal, es el primer libro de la trilogía de Nueva York. Es un relato curioso que se sale de los moldes habituales (como lo llamarían hoy “postmoderno”) de la novela tradicional, sobre todo del género detectivesco, al cual se aproxima en ocasiones.

Confieso que el inicio de la historia me pareció muy prometedor, luego de unas hojas, cuando se presenta el monólogo de uno de los personajes que al parecer está loco, estuve a punto de dejarlo, porque me pareció muy tedioso. Aunque hay que aclarar que ese es el efecto que quiere generar Auster en ese fragmento, y sobre todo cuando en algunas partes nos sumerge en un recorrido extenso y detallado por las calles de Nueva York. Pero un recorrido claustrofóbico, que traspasa al lector y lo hace desesperarse. Este mismo sentimiento de desesperación alcanza un punto muy alto cuando casi al final, cuando el personaje principal pierde su “juego de distracción” y entra en un estado de colapso, en donde empieza a manifestar distintas emociones desbordantes, que nuevamente se trasmiten al lector.

En efecto, cuando terminé la primera parte del libro, lo finalicé agotado y perturbado. Lo que me lleva al siguiente análisis: La mayoría de los escritores tienen una identidad personal en su prosa y su narrativa, entre ellas las descripciones. Auster no describe mucho los espacios geográficos y las atmósferas (a pesar de que menciona el recorrido por las calles, allí solamente menciona el recorrido, no se detiene a analizar los espacios), la especialidad de Auster se encuentra en las descripciones personales y psicológicas de los personajes, ese acercamiento tan difícil que llega directamente a afectar al lector.

También puede que se genere confusión, porque no es una estructura lineal. Auster juega con los personajes y con la psicología del personaje principal. Ese escritor originalmente llamado Daniel Quinn (o al menos eso da a entender), ese hombre solitario y triste, que se desdobla entre William Wilson (un nombre ficticio que creó para seguir escribiendo sin su nombre) y Max Work (el detective, personaje ficticio que crea Wilson para sus novelas). Al que finalmente se une sin querer la de otro personaje: Paul Auster, aparentemente un detective, que en realidad es un escritor. Entre todos estos personajes, Quinn se desdobla, crea unos para hacer cosas que no se atrevería a hacer por él mismo, y así cada uno de los “Nombres” (palabra importante en todo el relato), adquiere su propia autonomía. Como en ese pequeño fragmento que no recuerdo bien como dice, pero dice más o menos que Adán había tenido la tarea de asignar los nombres a los animales, pero que después de lo malo que pasó, los nombres cobraron autonomía (así más o menos dice). Este es uno de los muchos símbolos que utiliza Auster para dar pistas de la historia principal y de su intención, aunque en sentido literal parezcan que no tienen nada que ver.

Siguiendo con lo que mencionaba de la lectura, que estuve a punto de dejar al inicio. Me alegra no haberla abandonado porque poco a poco fui entrando al rompecabezas que propone el escritor. Y descubrí que realmente tiene su valor.

Así mismo, hay parte muy bien logradas, como los encuentros que tiene con el profesor Stillman y el mismo Paul Auster. En ambos, podemos identificar muchos detalles de la historia y de la estructura narrativa de Auster. Con Stillman, observamos sus teorías bastante interesantes sobre la humanidad, el lenguaje, la torre de babel, el nuevo mundo, colón, apartes bíblicos, literarios, y muchos otros. Esta parte me gustó mucho. Y luego con Auster, donde él le confiesa que no es detective sino escritor y que se encuentra escribiendo artículos sobre el Quijote. Allí da muchos detalles de la estructura que propone en el relato. Nada es casual, todo va con una intención.

Por eso, aunque nos perdamos en ese recorrido infernal en las calles de Nueva York y en la desesperación del personaje. No podemos olvidar que estamos haciendo un viaje a su interior, y posiblemente a nuestro propio interior. No podemos perder de vista los detalles del personaje principal, del original y de sus “Alter Egos”, ya que creo que todo trata sobre él. Cuando se encuentra tan ocupado siguiéndole los pasos al profesor Stillman, no tiene ojos ni atención para otra cosa, pero cuando pierde su “juguete”, ese que le da un suspiro de no tener que pensar en sí mismo, se estrella con la realidad, y empieza a ver lo que no veía antes: los marginados de la ciudad de Nueva York, y la fragilidad de cada uno de ellos. La fragilidad de las personas en esa ciudad de cristal que está a punto de estallar en cada recorrido por las calles de Nueva York. Ya no le queda más remedio que mirarse a sí mismo, y se da cuenta que ha perdido todo, sus libros, sus objetos personales, su apartamento… su identidad. Mostrando lo vulnerables que estamos a desaparecer, lo frágiles que somos. Entre otras cosas, que cada lector descubrirá.

En síntesis, no es un libro de fácil lectura, hay que ir con cuidado y estar consciente del viaje que está a punto de iniciar, y creo que prepararse psicológicamente. Aunque estuve a punto de dejarlo en un momento al inicio, pude seguir y disfrutar de la lectura. Es una obra valiosa y notable, tampoco es “la gran obra”, pero si tiene sus condimentos que me gustaron. Ahora hay que ver que tal son las siguientes partes de la trilogía, para dar un análisis y veredicto general.

8/10


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