miércoles, 26 de septiembre de 2012

El Mundo (Juan José Millás)




Novela del escritor y periodista español Juan José Millás. Es una especie de autobiografía novelada. En él Millás nos traslada a sus recuerdos de infancia y adolescencia, detallando cada uno de los aspectos importantes que incidieron de alguna forma en su formación como persona y como escritor.  

La novela se divide en 5 capítulos:
El Frío
La Calle
Tú no eres interesante para mí
La Academia
Epílogo

En cada uno de esos cinco capítulos Millás narra sucesos de su vida, no están divididos en forma cronológica, al contrario, en cada capítulo hay recuerdos de la infancia, la adolescencia, su etapa ya como adulto y comentarios desde su punto de vista actual, cuando escribió el libro que fue publicado en el 2007. Mezcla los recuerdos sobre las distintas etapas de su vida, también en unos momentos algunos de sus recuerdos que contienen diálogos se filtran y se mezclan con la narración en primera persona, lo que puede confundir un poco al lector despistado.

La novela me ha gustado, en los primero capítulos de El Frío y La Calle, retrata de forma magistral momentos de su infancia, sus pensamientos e ideas de pequeño. Ese ejercicio resulta tan llamativo, porque en realidad se observa el proceso de introspección que realizó Millás, volver a su infancia y narrar lo que pensaba e imaginaba de pequeño desde su óptica actual. Es por esto, que muchos lectores pueden sentirse identificados con algunos de los pensamientos, sobre todo los que tuvieron una constante curiosidad y afinidad a la literatura. Personalmente me sentí identificado con muchos de los momentos que narra Millás en estas dos primeras partes, que algunos recordaré en unos fragmentos del libro al final del texto. Como por ejemplo, cuando explica su experiencia con un taxista, y dice que todo lo que vivía le parecía que podía ser una historia que él podría convertir en una gran obra, cada momento que vivía y persona que conocía, lo que agudizaba su detalle en la observación. Yo en diversas ocasiones lo he experimentado, y me impresionó mucho el ejemplo porque preciso he experimentado la motivación de escribir una historia sobre alguna experiencia en un taxi y diversas. Pueden ver un fragmento de esta parte al final del texto.

También en las dos primeras partes se observa su relación con sus padres, sus numerosos hermanos, con los difíciles momentos de pobreza y frío. Luego con la calle, ese otro escenario, todo ese Mundo que conformó gran parte de su vida y que nunca podrá olvidar. En esa calle donde descubre la amistad, el amor, la muerte, entre otros aspectos que siguieron enriqueciendo su imaginación y su experiencia. Porque como el mismo Millás confiesa en el libro, todas sus obras son producto de sus experiencias personales. E incluso, constantemente nombra sus novelas anteriores y las compara con los sucesos que la inspiraron de su vida.

Luego del frío y la calle, en esa misma calle donde descubrió el amor, viene el tercer capítulo con esa frase que marcaría su vida, y como él dice fue fundamental para convertirse en escritor: “Tú no eres interesante para mí”. Allí cuenta con detalles todos los momentos vividos e imaginados con la hermana de su mejor amigo, María José. Este fue otro capítulo que me gustó mucho, por su travesía, es cómico y dramático en sus momentos también. Y se empieza a observar una característica del escritor, como es la minuciosidad en las palabras y la ortografía.   

Después vendría el capítulo de La Academia, que aunque algunos apartes me gustaron, resulta ser el más aburrido del libro. Inicia muy bien, pero luego se pierde un poco del ritmo intimista que se venía trabajando anteriormente. Me pareció pesado y mal construido, a pesar que cuenta otros aspectos interesantes como algunas experiencias en su labor de escritor, dilemas existenciales, su inspiración de algunos artículos y la experiencia como aprendiz de misionero, que representaría su fuga de su Mundo anterior, que nunca lo abandonó. Tiene apartes interesantes pero en general es un capítulo pesado, aunque inicia bien y se recupera al final.

Pensaba que la irregularidad del penúltimo capítulo iba a entorpecer la experiencia con la novela, pero en el epílogo al final vuelve a una historia que había planteado anteriormente sobre las cenizas de sus padres y termina el libro con la frescura que se había mantenido en la mayor parte de la obra. Además de un momento reflexivo en donde se pregunta sobre sí mismo, si sigue siendo el mismo Millás, que si el tiempo y la memoria pueden determinar el cambio de un ser humano en su dimensión creativa e intelectual, y lo asocia con un tema que siempre me ha interesado, como es el tema de los nombres de las personas. Al final plantea con nostalgia la posibilidad de que este fuese su último libro, pero ya hoy sabemos que no fue el último y que en cierta forma sigue siendo Millás.

En síntesis, el libro en general es bueno, no tiene ningún aporte a la literatura, ni lo busca, pero es una novela en su mayor parte divertida, lúcida y conmovedora sobre los recuerdos relevantes de este escritor que lo convirtieron en el escritor que es hoy, con el que seguro muchos se sentirán identificados.


7/10



Algunos fragmentos que me gustaron:

“En el principio fue el frío. El que ha tenido frío de pequeño, tendrá frío el resto de su vida, porque el frío de la infancia no se va nunca. Si acaso, se enquista en los penetrales del cuerpo, desde donde se expande por todo el organismo cuando le son favorables las condiciones exteriores. Calculo que debe de ser durísimo proceder de un embrión congelado”.

“Cuando empecé a crecer, ya estaba todo roto: rotas las vidas de mis padres, eso era evidente, y rotas las nuestras, que habíamos sido violentamente arrancados de la clase social y del lugar al que pertenecíamos. Cuando pasó el verano, nos dimos cuenta de que también la casa estaba rota. Si llovía, aparecían goteras que nos obligaban a desplazar las camas de sitio para colocar cubos que cada tanto era preciso vaciar. Si hacía viento, las corrientes de aire entraban de forma violenta en las habitaciones provocando estremecimientos sonoros en los bastidores de las ventanas, cuyos delgados cristales se agitaban como atacados por una embestida de pánico. No cerraban bien las puertas porque todo estaba fuera de quicio, de lugar, nada encajaba en su molde, tampoco las palabras con las que intentaban explicarnos por qué habíamos caído en aquella situación indeseable”.

“La realidad parecía menos afilada, perdía aristas, punta, agresividad... Hasta el tedio adquiría la blandura de un colchón de plumas. Bajo los efectos del optalidón, cuando el jefe no me miraba, escribía poemas con un bic negro de los de punta fina. He ahí la alianza entre la ferretería y la farmacia, dos universos morales condenados a entenderse”.

“Mi madre me quiso. Quiero decir que me prefería. Eso me salvó. Tengo acerca de mí la idea, posiblemente absurda, de que me he salvado. ¿De qué? Del infierno, desde luego. La idea de la salvación, en nuestra cultura (en nuestro mundo) está asociada a evitar el infierno más que a conquistar el cielo. ¿En qué habría consistido el infierno? En ser un individuo opaco, intransitivo, sin intereses culturales, sin inquietudes filosóficas, sin ambiciones literarias, tal vez sin tendencias burguesas”.

“Me bastaba ver el antes y el después de aquel pobre crío para comprender el antes y el después de la vida del taxista, de todas las vidas en realidad. Supe que si en ese instante me pusiera a narrar la existencia de aquel conductor malhumorado, amargo, maloliente, levantaría una obra maestra porque aunque mi cuerpo estaba atrapado en el interior de aquellos segundos miserables que tardaba el semáforo en cambiar de color, mi cabeza trabajaba en una dimensión temporal distinta, tan distinta que se me apareció la novela de arriba abajo y se trataba de lo que llamábamos, Dios mío, una novela total. Con la precisión con la que se observa la maquinaria de un reloj abierto, vi todas y cada una de las piezas de las que estaría compuesto aquel relato, aquella vida por la que empezaba a sentir una piedad que no me hacía daño, pues se trataba de una pieza más del edificio narrativo. Sólo tenía que evaluar la calidad de la piedad con la mirada con la que el arquitecto efectúa un cálculo de resistencia de materiales. Pero alguien que veía las cosas con aquella lucidez, me dije inmediatamente, no podía perder el tiempo en contar una historia como la del taxista, por total que resultase. Yo estaba obligado a contar la historia del mundo, es decir, la historia de mi calle, pues comprendí en ese instante que mi calle era una imitación, un trasunto, una copia, quizá una metáfora del mundo”.

“A medida que se me ocurrían estas cosas se las iba diciendo al taxista, que en un momento dado comenzó a llorar de gratitud. Era verdad, decía, su hijo no se había vuelto loco para amargarles a él y a su mujer la existencia. La locura no era más que un desplazamiento dentro de la vida, una manifestación de la lógica misteriosa de la que formábamos parte. El error era interiorizarla como un problema. Ocurrió dentro del taxi, entre aquel hombre maloliente y yo, algo inefable de verdad: un milagro, una revelación, una señal. Lo mejor, con todo, era el hecho de comprender que el milagro se repetía a cada instante, dentro de cada taxi, de cada hogar, de cada cuerpo. El problema era que no nos colocábamos en el lugar adecuado para observar la realidad. Por eso veíamos muertes donde sólo había desplazamientos de la vida”.

“Estar muerto era en mi situación un consuelo, pues cómo soportar vivo, no ya aquel rechazo, sino aquella humillación. Tú no eres interesante para mí. En una de las miles de veces que repetí la frase, reconstruyendo la situación para ver si le encontraba una salida, pensé que entre el «tú no eres interesante» y el «para mí» había habido una pequeña pausa, una cesura, que dejaba una vía de escape. Quizá había dicho: «Tú no eres interesante, para mí.» La coma entre el «interesante» y el «para» venía a significar que podía ser interesante para otros, incluso para el mundo en general. Era la primera vez que le encontraba utilidad práctica a un signo ortográfico, la primera vez que le encontraba sentido a la gramática. Quizá al colocar aquella coma perpetré un acto fundacional, quizá me hice escritor en ese instante. Tal vez descubrimos la literatura en el mismo acto de fallecer”.

“Entonces comprendí de súbito que uno se enamora del habitante secreto de la persona amada, que la persona amada es el vehículo de otras presencias de las que ella ni siquiera es consciente. ¿Por quién tendría que haber estado habitado yo para despertar el deseo de María José?”

“Yo era el escenario en el que se había dado el apellido Millas como en otros se da el de López o García. ¿En qué momento comencé a ser Millas? ¿En qué instante empezamos a ser Hurtado, Gutiérrez o Medina? No, desde luego, en el momento de nacer. El nombre es una prótesis, un implante que se va confundiendo con el cuerpo, hasta convertirse en un hecho casi biológico a lo largo de un proceso extravagante y largo. Pero tal vez del mismo modo que un día nos levantamos y ya somos Millas o Menéndez u Ortega, otro día dejamos de serlo. Tampoco de golpe, poco a poco. Quizá desde el momento en el que me desprendí de las cenizas, que era un modo de poner el punto final a la novela, yo había empezado a dejar de ser Millas, incluso de ser Juanjo”.



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