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viernes, 15 de mayo de 2026

Reseña de la película: Llueve sobre Babel (Gala del Sol) - 2025 / Colombia

Reseña de la película: Llueve sobre Babel



Hace algunas semanas estuvo en salas de cine del país (y sigue en algunas salas selectas como la Cinemateca de Bogotá, etc.) esta interesante, hipnótica, divertida e inusual película, ambientada en el mundo queer de Cali, dentro de un universo ficticio y fantástico, en donde el Infierno de Dante (y de su Divina Comedia) se traslada al averno de un legendario bar de mala muerte, en donde también se encuentra en la superficie una especie de Limbo y Purgatorio, dónde aún conviven los vivos con los muertos, la misma parca (La Flaca) y su patrón. 



Reseña de la película: Llueve sobre Babel


Dentro de ese contexto se destacan varias historias corales, como la del hijo de un pastor conservador (interpretado por Jhon Narváez ), que en las noches se viste de mujer para hacer de Drag Queen; la de un hombre que negoció con la parca para tener la oportunidad de vivir y despedirse de su amado; o la gitana que no deja de negociar con La Flaca para salvar a su hija, y otras historias que brillan en esta película con una estética muy variada, en donde predomina o conviven algo del kitsch, junto con la estética que predomina en el mundo de las drags, como son el punk, con algo de gótico y del art pop. 



Reseña de la película: Llueve sobre Babel


Me pareció estéticamente y visualmente muy bien lograda, con muy buenos escenarios, diseño de producción y arte, además de un divertido guión y muy buen reparto, en donde además de la historia fantástica que nos presenta, tiene un trasfondo donde reflexiona sobre la aceptación, el miedo y el poder, dentro de una fiesta de colores, intensidad, movimiento, cuerpos y distintos tipos de deseos. Una babel moderna y subterránea, como la misma composición del infierno de Dante, que es rica también en distintas referencias, ya sea religiosas o literarias, y se adapta muy bien a la cultura underground caleña. En cuanto a los escenarios, la directora ha mencionado en varias entrevistas que aunque luce como una producción costosa, en realidad aprovecharon los escenarios que ya existen en Cali, pero aún así, lograr que una producción luzca más costosa es merito del equipo de producción también. Y sacarle el mejor provecho a los recursos disponibles.     



Reseña de la película: Llueve sobre Babel


Aunque son diferentes, y es una propuesta inusual en nuestro cine, me recordó al documental "Anhell69" de Theo Montoya, que también trató el tema queer en los recovecos de Medellín. Vale mucho la pena ir a verla en cine, y que se den la oportunidad de verla, pues creo que es de esas películas que aunque tienen una vena artística, también pueden conectar fácilmente con el público. Y me encantan este tipo de propuestas, que se encuentran lejos de las propuestas totalmente experimentales o del cine de entretenimiento más comercial y superficial. Películas como esta pueden enamorar poco a poco al público más receloso del cine colombiano, aunque necesitan más apoyo, publicidad y tiempo de exhibición en salas. Lamentablemente en Cartagena solo la tuvimos como 2 o 3 días, porque estábamos en pleno Festival de Cine, donde quizás también me hubiese gustado que estuviese. Pero bueno, no dejen de verla donde aún se encuentra disponible. Una propuesta que además navega entre varios géneros, como la comedia negra, el misterio, el género fantástico, entre muchos otros que se contrastan con la propuesta visual y del mismo vestuario de los personajes.





Reseña de la película: Llueve sobre Babel

 

Alejandro Salgado Baldovino (A.S.B)


martes, 24 de septiembre de 2024

Reseña de la película: The Substance (La Sustancia) de Coralie Fargeat - 2024 / UK / En Cines

Reseña de la película: The Substance (La Sustancia)


Cuando acabé de ver la película en salas de cines, con un público inmerso y en estado de shock, lo primero que pensé y escribí fue que hace mucho no sentía algunas emociones que sentí viendo esta película en una sala de cine. Emociones como perturbación y sorpresa, fueron algunas de ellas. Y eso que Fargeat no inventa nada nuevo, sino que hace buen uso de homenajes y referencias a otras obras y autores que han sido grandes exponentes del "body horror" (Cronenberg), de lo surrealista (Lynch) y de perfectos encuadres y simetrías que se mezclan de gran forma con la música (Kubrick, Hitchcock), entre otras más. 




Reseña de la película: The Substance (La Sustancia)


Pero la directora, que ya ha experimentado el Gore en sus anteriores trabajos, logra armar con todas esas referencias una dura y muchas veces obvia y directa crítica al mundo del espectáculo, y al tratamiento que reciben las mujeres que llegan a cierta edad y se permiten envejecer frente a la pantalla. Y en general, sobre la propia percepción de ellas mismas debido a las influencias externas de la industria, y la percepción de los demás (industria y público) sobre ellas, como meros trozos de carne para complacer y desechar. Porque Fargeat dirige la crítica también a los espectadores, a los consumidores y al público de la industria del entretenimiento. 




Reseña de la película: The Substance (La Sustancia)


También habla de la obsesión de las mujeres, bajo esos entornos opresivos en ser perfectas, y en el camino perder su identidad y nunca estar satisfechas con ellas mismas, de la competencia, etc. Y todos esos elementos están muy bien unificados para crear una obra que busca incomodar al espectador y restregarle en la cara su misma depravación. Las metáforas son claras y a veces exageradas, pero funciona todo muy bien, más la música y los movimientos de cámara, los planos detalles y los close up que buscan generar repulsión y perturbar la mirada del espectador. 




Reseña de la película: The Substance (La Sustancia)


El tramo final es muy intenso y bizarro, algunos quizás no aguanten esa explosión de movimiento, sangre y transformaciones del cuerpo, si son sensibles de estómago. Pero vale mucho la pena la experiencia, y es alentador ver de vez en cuando películas de este estilo en carteleras de cine. Que el cine además de complacer y aliviar, también golpee, incomode y genere reflexiones profundas por medio de lo grotesco  y lo visceral, que también es parte de nuestra humanidad. Mención aparte para el excelente trabajo de Demi Moore y Margaret Qualley, quienes se comprometen con sus papeles y dan sus respectivas mejores actuaciones hasta el momento. No se pierdan la experiencia. En Cartagena la pasan en Plaza Bocagrande (quizás en los últimos días). La película ganó el premio a Mejor Guión en Cannes 2024.




Reseña de la película: The Substance (La Sustancia)

 

Alejandro Salgado Baldovino (A.S.B)

viernes, 6 de septiembre de 2024

Reseña de la película: Kinds of Kindness (Tipos de gentileza) de Yorgos Lanthimos - 2024 / Irlanda

Reseña de la película: Kinds of Kindness (Tipos de gentileza)

Se estrenó hace poco en carteleras de cine del país la película más reciente del director griego Yorgos Lanthimos (Pobres criaturas, La favorita, Langosta, Canino), que también se estrenó en el pasado Festival de Cannes 2024, donde ganó el premio al Mejor Actor para Jesse Plemons, quien realmente está muy bien en su papel (o sus papeles), como siempre. 


En esta película, Lanthimos retoma colaboración en el guión con Efthymis Filippou, quien coescribió con él varias de sus primeras películas, y se puede sentir en esta colaboración una pequeña mirada al pasado de sus primeros trabajos, pero ahora teniendo en el reparto a varios actores famosos de Hollywood. 




Reseña de la película: Kinds of Kindness (Tipos de gentileza)


"Tipos de gentileza" es una especie de fábula coral-onírica en donde el reparto principal interpreta a tres personajes distintos en tres historias distintas (y algunos en más de tres). Cada historia está llena de elementos que recuerdan la esencia original de Lanthimos, con situaciones absurdas, personajes que actúan con su instinto animal, oscuros, retorcidos, grotescos, satíricos, y siempre entre algún dilema moral. 


Hay grandes temas en las historias, como el poder y la dominación de los más débiles, de la mano de la sumisión y el natural anhelo de seguir a un líder, de ser guiados. Esas relaciones de poder que van desde una relación de pareja, de trabajo, de ideología (con presencia de sectas), y la necesidad de algunos seres de una dirección y de ser dominados.




Reseña de la película: Kinds of Kindness (Tipos de gentileza)


En su sinopsis, se resumen las tres historias de la siguiente forma: 1) un hombre reprimido por su jefe, quien intenta romper esas cadenas; 2) un policía atormentado por el regreso de su esposa, la cual había desaparecido en el mar, y vuelve completamente diferente; 3) una mujer que anhela encontrar a alguien con un don especial, el cual se convertirá en un importante líder espiritual (o de una secta).  De las tres historias me quedo con la primera y la tercera, porque con la segunda no conecté mucho y ni la recuerdo casi. Es una película de experiencia y conceptual, para entrar en una propuesta distintas por casi tres horas. Pero a pesar de todo, no me parece de las mejores películas de Lanthimos, además de que siento que pudo ser más corta, y tratar cada historia como pequeños cortometrajes y no como mediometrajes (o casi largometrajes). El reparto está muy bien dentro de este carnaval de personajes e identidades, en donde además del ya mencionado Plemons, se encuentran Emma Stone, Willem Dafoe, Margaret Qualley, Hong Chau, Joe Alwyn, entre otros pocos. De las curiosas rarezas del director, pero no entre sus más inspiradas y brillantes. 



Tráiler de Kinds of Kindness




Reseña de la película: Kinds of Kindness (Tipos de gentileza)



Alejandro Salgado Baldovino (A.S.B)

 

miércoles, 28 de diciembre de 2022

Reseña Completa y Análisis de la película: Triangle of Sadness (Ruben Östlund) - 2022 / Suecia

 
 
Hace semanas vi finalmente la ganadora de la Palma de Oro en Cannes de este año (una 2da Palma para el director sueco), y debo decir que es una buena película, muy al estilo del director, pero no es para nada una gran película. Y ya he podido ver otras películas de la Competencia Oficial de Cannes 2022 y debo decir que he encontrado otras películas mucho mejores (como Close).Su otra Palma de Oro fue por The Square, también bastante cuestionable, pero parece que el estilo de Östlund gusta mucho en festivales. Es un director que escribe fábulas satíricas sobre distintos temas. En su mejor película, "Fuerza Mayor", lo hacía sobre la familia; y en "The Square" sobre el mundo del arte contemporáneo. En “El Triángulo de la Tristeza” apunta a muchos lados, como el modelaje y el capitalismo…
 
 

 
 
El triángulo de la tristeza es un gesto, una pose y una mentira (y una forma de llamar al modelo para que relaje el rostro, la expresión). En esta ocasión Östlund tira a criticar a muchos lados en esta película de tres actos, en donde en el primero, "Carl y Yaya", quienes son los protagonistas, se mete con el mundo del modelaje, de la imagen, los influencers y la dinámica de las relacionesde pareja y la igualdad en los estándares del género, etc.; en el segundo acto, "El bote", que de hecho es un crucero, se desarrolla más el punto que el director quiere ahondar, como es la creación de esta fábula sobre el capitalismo, con representantes de la clase burguesa, del proletariado, y todos entrando a un caos, que genera un cambio del orden, nuevas condiciones que nos muestran como cambian y se mantienen ciertas dinámicas. Todo esto se extiende y se desarrolla con mayor “profundidad” y detalle hasta el tercer acto, "La Isla". 
 
 

 
 
La película tiene su gracia y el humor ácido del director para criticar a la sociedad, lo superficial, el poder, el abuso, la volatilidad de la moral y la imagen falsa con que todos convivimos actualmente, desde la mayor visibilidad que nos han dado las redes sociales.
 
 

 
 
Tiene varios momentos divertidos y grotescos pero también mucho de relleno. Dura casi tres horas y hay algunos actos que se extienden mucho innecesariamente, en donde el director expande su claro discurso, que también me parece que cuando es tan evidente pierde un poco de fuerza. El reparto está bien, la dirección no brilla especialmente y el guión navega entre sus altos y bajos. También hay un simbolismo marcado en distintos momentos que refuerzan su idea y crítica general que trasciende al sistema y el capitalismo hacia el mismo ser humano y su cambio radical al tener condiciones distintas. Obtener poder y la amenaza de perderlo. Los medios de producción. La técnica. El conocimiento y la ignorancia. 
 
 

 
 
En síntesis, no me parece su mejor película pero es buena, entretenida y toca puntos sensibles de nuestra sociedad con fina sátira y acidez. 

 
 
 

 

martes, 17 de mayo de 2022

Especial: Dos películas españolas notables del 2021: El Buen Patrón y El Amor en su Lugar

 
 
Quiero destacar en esto post a dos películas españolas del 2021. La primera fue la película española más premiada del año, arrasando en los Goya y recientemente en los Platino del cine hispanoamericano; y la otra, por el contrario, una película que pasó un poco desapercibida pero me pareció muy buena y para resaltar.


 
El Buen Patrón (Fernando León de Aranoa) - 2021 / España / Estreo en Cines
 

“El Buen Patrón” me pareció una película muy entretenida, ácida, ingeniosa, divertida, muy satírica y quizás un poco efectista en algunos momentos, pero la mayoría de sus virtudes son superiores y hacen que el visionado sea muy agradable.

Cuenta la historia de Julio Blanco (Javier Bardem), un empresario exitoso propietario de una fábrica de balanzas industriales en una provincia española. La empresa de Julio ha ganado varias veces el premio a la excelencia empresarial y se prepara para la visita de una comisión, quienes evaluarán sus procesos para decidir y otorgar un nuevo premio. Julio trata que todo siga de la misma forma de siempre, pero justo en esos días varias cosas sucederán que pondrán en riesgo la imagen de la empresa. Problemas con empleados, despidos, corrupción, amenazas, infidelidades, acoso laboral, y toda una serie de problemas, cada uno más grave que el otro, que parece que siempre se habían presentado tras ese manto de perfección y excelencia, salen a flote y ponen a prueba al habilidoso Julio para arreglar todo a tiempo ante de la visita.
 
 

 
 
El director, conocido por esa excelente película “Los lunes al sol” (2002) casi siempre ha mezclado en sus películas el tema social y político, y acá logra construir una fascinante comedia negra que expone muchos de los problemas de la sociedad, y en específico dentro de las empresas y los ambientes laborales, donde siempre existe la subordinación y un poder sobre otras personas, que normalmente lleva a que se generen ciertos abusos. También expone a los hombres de poder corruptos, quienes posan bajo una imagen de excelencia, buenas maneras y formas, el valor de la familia, la importancia de la religión, y en realidad no cumplen ninguna de esas. La apariencia, la manipulación y la mentira al servicio de la historia.
 


 
 
La dirección, el guión, la edición y el ritmo de la película son muy buenos, generando siempre una constante intriga y tensión en la historia, mientras en medio nos ofende, nos aterra y a la vez nos produce crueles carcajadas. El reparto es muy bueno también, pero gran parte del éxito se debe al excelente y particular personaje que recrea Javier Bardem, el señor Blanco, quien genera todos los sentimientos negativos, e incluso logra quizás que sintamos algún sentimiento de empatía en algún momento.

Muy buena película que se estrena esta semana en salas de cine del país y Cartagena. 

 
 
Especial: Dos películas españolas notables del 2021: El Buen Patrón

 
 
 
 

El Amor en su Lugar (Love Gets a Room) de Rodrigo Cortés - 2021 / España / Apple TV-Filmin

 
 

 
 
He visto esta otra película, que me parece de las mejores producciones españolas del año pasado. Me hizo recordar el triste episodio del cerco de Leningrado en Rusia por parte del ejército Nazi, en donde la ciudad fue sitiada y los habitantes se morían de hambre, y fallecieron casi 800.000 al final, en la que es hoy la actual San Petersburgo. Pero hubo algo que mantuvo el espíritu de la gente a flote: la música. No sólo la famosa "Obertura 1812"de Tchaikovsky, que conmemoraba la resistencia rusa ante las tropas napoleónicas en 1812, sino también la de la misma orquesta de Leningrado, la cual desintegrada logró rearmarse con las mismas víctimas y ofrecieron un recital de la sinfonía de Leningrado de Shostakovich, que logró preservar los restos de la humanidad del pueblo que terminó comiéndose a gatos, perros, ratas y a sí mismos.
 
 

 
 
Pero entrando a la película, escrita y dirigida por el cineasta español, Rodrigo Cortés, también se ambienta en la 2da guerra mundial pero en Varsovia (Polonia) donde 400.000 fueron confinados en un gueto estrictamente custodiado. La diferencia es que acá no fue la música clásica la que salvó la humanidad de la gente sino el teatro. Un grupo de actores judíos presentan cada noche una comedia musical escrita por uno de los miembros, llena de romance, engaños, humor y sutil crítica (porque algunos oficiales presencial la función), haciendo que las personas olviden por momentos su terrible situación. Pero un día, en medio de uno de los actos, los actores se enfrentan a un dilema personal de vida o muerte, mientras deben sacar adelante la función sin despertar sospechas.
 
 

 
 
La película es muy bella, divertida y muy dura. Llena de humanidad, belleza y poesía. Todo funciona muy bien, desde el diseño de producción, la dirección y el trabajo de sus actores. Y por supuesto, la película recuerda y debe ser homenaje a esa obra maestra de Ernst Lubitsch, "To Be or Not to Be" (1942). Pero resulta refrescante, luminosa, desgarradora y muy emotiva.

Muy recomendada. La película se puede ver en Apple TV o en la plataforma Filmin.
 
 

Especial: Dos películas españolas notables del 2021: El Amor en su Lugar

 


Alejandro Salgado Baldovino (A.S.B)

 

viernes, 12 de enero de 2018

Three Billboards Outside Ebbing, Missouri (Martin McDonagh) y Flannery O'Connor

Martin McDonagh


Una de las cosas que llamó mi atención inmediatamente en las primeras escenas de esta película, es cuando Mildred Hayes se dirige hacia la empresa de publicidad, responsable de las vallas a las afueras de Ebbing, y su director, Red Welby se encuentra leyendo un libro muy interesante. "A Good Man Is Hard to Find" de Flannery O'Connor, una de las escritoras y damas del sur de la literatura norteamericana más brillantes y mordaces.



Flannery O´Connor



Y ese relato es uno de sus más emblemáticos y despiadados, y nos devela un adelanto de la película que empezamos a ver. La película más reciente del director, dramaturgo y guionista Martin McDonagh, es precisamente como el relato de O'Connor, una película mordaz, una “comedia” dramática negrísima, que tiene el ambiente y los personajes característicos de la literatura de O'Connor y de otra gran dama del sur, como Carson MacCullers, y que también es el estilo que el mismo director y dramaturgo se ha ido creando, y con esta película ha alcanzado su punto cumbre. (Pueden encontrar el relato al final del post)



Flannery O´Connor


La película cuenta la historia de Mildred Hayes (Frances McDormand), una mujer de 50 años cuya hija ha sido asesinada, por lo que decide iniciar por su cuenta una guerra contra la policía de su pueblo al creer que están más interesados en torturar a los afroamericanos que en hacer justicia, por lo que instala en tres grandes vallas a las afueras de la ciudad, una serie de frases que perturban a la policía local. Si tengo que resaltar algo, tendría que ser TODO. Su dirección, su fotografía, su ambientación, su GUIÓN es inmenso, perfectamente estructurado, impecable y detallista.



Martin McDonagh


Y mención aparte para sus actores, quienes todos están brillantes, destacando a Peter Dinklage, John Hawkes, Caleb Landry Jones, Lucas Hedges, y especialmente a tres gigantes actores, Woody Harrelson, Sam Rockwell y Frances McDormand. Se apropian de sus papeles, de sus diálogos, y absolutamente todo funciona. Es humana, es trágica, es violenta, es sarcástica, es crítica e impecablemente realizada. Entró en mi Top 10 de lo mejor del 2017. Y es una de esas películas que cuando terminé de verla, en la oscuridad de mi cuarto, no me pude contener en aplaudir. Acaba de ganar el Globo de Oro a Mejor Película Drama, y es fuerte candidata al Oscar. Y me encanta que sea una película con tanto interés en el texto y en la literatura.  

Y a propósito del cuento de Flannery O'Connor, dejo dos frases para que se animen a leerlo. Es de mis favoritos:

—Habría sido una buena mujer —dijo el Desequilibrado— si hubiera tenío a alguien cerca que le disparara cada minuto de su vida.


—Cállate, Bobby Lee —dijo el Desequilibrado—. No hay verdadero placer en la vida.




Frases y Diálogos de la película 



Y ahora comparto el relato completo de Flannery O'Connor:






Un hombre bueno es difícil de encontrar

Por Flannery O`Connor



La abuela no quería ir a Florida. Quería visitar a algunos de sus conocidos en el este de Tennessee y no perdía oportunidad para intentar que Bailey cambiase de opinión. Bailey era el hijo con quien vivía, el único varón que tuvo. Estaba sentado en el borde de la silla, a la mesa, reclinado sobre la sección deportiva del Journal.
—Mira esto, Bailey —dijo ella—, mira esto, léelo.
Y se puso en pie, con una mano en la delgada cadera mientras con la otra golpeaba la cabeza calva de su hijo con el periódico.
—Aquí, ese tipo que s'hace llamar el Desequilibrado s'ha escapao de la Penitenciaría Federal y se encamina a Florida, lee aquí lo que hizo a esa gente. Léelo. Yo no llevaría a mis hijos a ninguna parte con un criminal d'esa calaña suelto por ahí. No podría acallar mi conciencia si lo hiciera.
Bailey no levantó la cabeza, así que la abuela dio media vuelta y se dirigió a la madre de los niños, una mujer joven en pantalones, cuya cara era tan ancha e inocente como un repollo, con un pañuelo verde atado con dos puntas en lo alto de la cabeza, como orejas de conejo. Estaba sentada en el sofá, alimentando al bebé con albaricoques que sacaba de un tarro.
—Los niños y'han estao en Florida —dijo la anciana señora—. Deberías llevarlos a otro sitio pa variar, así verían otras partes del mundo y aprenderían otras cosas. Nunca han ido al este de Tennessee.
La madre de los niños no pareció oírla, pero el de ocho años, John Wesley, un niño robusto con anteojos, dijo:
—Si no quieres ir a Florida, ¿por qué no te quedas en casa? Él y su hermanita, June Star, estaban leyendo las páginas de entretenimiento en el suelo.
—No se quedaría en casa aunque la nombraran reina por un día —dijo June Star sin levantar su cabeza amarilla.
—¿Y qué harían si este hombre, el Desequilibrado, los agarrara? —preguntó la abuela.
—Le daría un puñetazo en la cara —respondió John Wesley. —No se quedaría en casa ni por un millón de dólares —afirmó June Star—. Teme perderse algo. Tiene que ir a donde vayamos.
—Muy bien, señorita —dijo la abuela—. Acuérdate d'eso la próxima vez que me pidas que te ondule el pelo.
June Star dijo que sus rizos eran naturales.
A la mañana siguiente la abuela fue la primera en subir al coche, lista para partir. A un costado dispuso su gran bolsa de viaje negra que parecía la cabeza de un hipopótamo y debajo de ella escondía una cesta con Pitty Sing, el gato, en el interior. No tenía la menor intención de dejar solo al gato durante tres días, porque este la echaría mucho de menos y ella temía que se frotara con la llave del gas y se asfixiara por accidente. A su hijo, Bailey, no le gustaba llevar un gato a un motel.
Se sentó en el centro del asiento trasero, con John Wesley y June Star a cada lado. Bailey, la madre de los niños, y el bebé se sentaron adelante. Y así salieron de Atlanta, a las ocho y cuarenta y cinco, con el cuentakilómetros del coche en 89.927. La abuela lo anotó, porque pensó que sería interesante decir cuántos kilómetros habían hecho cuando regresaran. Tardaron veinte minutos en llegar a las afueras de la ciudad.
La anciana se sentó cómodamente, se quitó los guantes de algodón y los dejó con su bolso en la repisa de la ventanilla de atrás. La madre de los niños aún llevaba los pantalones y la cabeza atada con el pañuelo verde; la abuela, en cambio, llevaba un sombrero de paja azul marino con un ramillete de violetas blancas en el ala y un vestido azul marino con pequeños lunares blancos. El cuello y los puños eran de organdí blanco adornado con encaje, y en el cuello se había prendido un ramillete de violetas de tela de color púrpura perfumado. En caso de accidente, cualquiera que la viera muerta en la carretera sabría al instante que era una dama.
Dijo que pensaba que sería un buen día para conducir, pues no hacía demasiado calor ni demasiado frío, y advirtió a Bailey que el límite de velocidad era de ochenta kilómetros por hora, que los coches patrulla se escondían detrás de carteles publicitarios y de pequeños grupos de árboles y que podían salir disparados en su persecución sin darle tiempo a aminorar la marcha. Señaló los detalles interesantes del paisaje: la montaña Stone, el granito azul que en algunos lugares asomaba a ambos lados de la carretera, las lomas de brillante arcilla roja ligeramente rayadas de púrpura, y las mieses que trazaban líneas de encaje verde sobre el terreno. Los árboles estaban llenos de la luz blanca y plateada del sol y hasta los más míseros destellaban. Los chicos leían tebeos y su madre se había dormido.
—Pasemos Georgia a toda velocidad, así no tendremos que verla mucho —dijo John Wesley.
—Si yo fuera un niño —dijo la abuela—, no hablaría d'esa manera de mi estado natal. Tennessee tiene montañas y Georgia, colinas.
—Tennessee n'es más que un muladar lleno de pueblerinos y Georgia es también un estado asqueroso.
—Tú l'has dicho —dijo June Star.
—En mis tiempos —dijo la abuela entrecruzando los dedos, delgados y venosos—, los niños tenían más respeto por su estado natal y por sus padres y por to lo demás. La gente era buena entonces. ¡Oh, mirar qué negrito más mono! —Y señaló a un niño negro plantado ante la puerta de una choza—. Qué estampa más bonita, ¿verdá?
Todos se volvieron para mirar al negrito por la luneta trasera. Él saludó con la mano.
—Ese chico no llevaba pantalones —observó June Star.
—Probablemente no tiene —explicó la abuela—. Los negritos del campo no tienen las cosas que nosotros tenemos. Si supiera pintar, pintaría ese cuadro.
Los niños intercambiaron sus historietas.
La abuela se ofreció a tomar al bebé y la madre de los chicos se lo pasó por encima del asiento delantero. La abuela lo sentó sobre sus rodillas y le hizo el caballito y le explicó lo que se veía por la ventanilla. Puso los ojos en blanco, frunció los labios y apretó su cara delgada y curtida contra la piel blanda y suave. De vez en cuando, el bebé le dedicaba una sonrisa distraída. Pasaron junto a un vasto campo de algodón con cinco o seis tumbas en medio, rodeadas de un cerco, como una isla pequeñita.
—¡Mirar el camposanto! —dijo la abuela señalándolo—. Era el antiguo camposanto de la familia. Pertenecía a la plantación.
—¿Dónde está la plantación? —preguntó John Wesley.
—El viento se la llevó —dijo la abuela—. Ja, ja.
Cuando los chicos terminaron de leer todos las historietas que habían llevado, abrieron la caja del almuerzo y se lo comieron. La abuela comió un bocadillo de mantequilla de cacahuete y una aceituna, y no permitió que los chicos arrojasen la caja y las servilletas de papel por la ventanilla. Cuando no tuvieron otra cosa que hacer, se pusieron a jugar; elegían una nube y los otros tenían que adivinar qué forma sugería. John Wesley eligió una con forma de vaca y June Star adivinó la vaca y John Wesley dijo: «No, un coche», y June Star dijo que hacía trampas y comenzaron a pegarse por encima de la abuela.
La abuela dijo que les contaría un cuento si se quedaban calladitos. Cuando contaba un cuento, ponía los ojos en blanco, movía la cabeza y era muy histriónica. Contó que una vez, cuando era jovencita, la había cortejado un tal señor Edgar Atkins Teagarden, de Jasper, Georgia. Dijo que era un hombre muy apuesto y un caballero, y que todos los sábados por la tarde le llevaba una sandía con sus iniciales grabadas, E. A. T. Pues bien, un sábado por la tarde, el señor Teagarden llevó la sandía y no había nadie en la casa; la dejó en el porche de entrada y volvió a Jasper en su calesa, pero ella nunca vio la sandía, explicó, porque un chico negro se la comió cuando vio las iniciales, E. A. T.: come. A John Wesley le hizo mucha gracia la historia y reía y reía, pero June Star opinó que no tenía nada de gracioso. Dijo que nunca se casaría con un hombre que sólo le trajera una sandía los sábados. La abuela dijo que habría hecho muy bien en casarse con el señor Teagarden, porque era un caballero y había comprado acciones de Coca-Cola cuando salieron al mercado y había muerto, hacía unos pocos años, muy rico.
Se detuvieron en The Tower para tomar unos bocadillos calientes. The Tower era una gasolinera y sala de baile, en parte de estuco y en parte de madera, en un claro en las afueras de Timothy. Lo regentaba un hombre gordo llamado Red Sammy Butts, y había letreros aquí y allá sobre el edificio y a lo largo de varios kilómetros de la carretera que rezaban: 
PRUEBA LA FAMOSA BARBACOA DE RED SAMMY. ¡NADA IGUALA AL FAMOSO RED SAMMY! EL GORDO DE LA SONRISA FELIZ. ¡UN VETERANO! ¡RED SAMMY ES EL HOMBRE QUE NECESITAS!
Red Sammy estaba tendido en el suelo fuera de The Tower con la cabeza bajo una camioneta, mientras un mono gris de unos treinta centímetros de altura, encadenado a un árbol del paraíso pequeño, chillaba cerca. El mono saltó hacia el arbolito y se encaramó a la rama más alta apenas vio a los chicos apearse del coche y correr hacia él.
El interior de The Tower era una larga habitación oscura con una barra en un extremo y mesas en el otro y una pista de baile en medio. Todos se sentaron a una mesa cerca de la máquina de discos y la esposa de Red Sam, una mujer alta y bronceada con ojos y cabellos más claros que la piel, llegó y tomó nota de lo que querían. La madre de los chicos insertó una moneda en la máquina y se pudo escuchar el «Vals de Tennessee», y la abuela dijo que esa melodía siempre le daba ganas de bailar. Preguntó a Bailey si quería bailar, pero él tan sólo la miró. No era de natural alegre como ella y los viajes lo ponían nervioso. Los ojos marrones de la abuela resplandecían. Movió la cabeza de un lado a otro e hizo como si bailara en la silla. June Star dijo que pusieran algo para que ella pudiera bailar claqué. Entonces la madre de los niños metió otra moneda y eligió una pieza más movida; June Star saltó a la pista de baile y bailó el claqué de costumbre.
—¡Qué graciosa! —exclamó la mujer de Red Sam, inclinada sobre la barra—. ¿Te gustaría quedarte aquí y ser mi pequeñita?
—Claro que no —contestó June Star—. No viviría en un lugar medio en ruinas como este ni por un millón de dólares. Y salió corriendo hacia la mesa.
—¡Qué graciosa! —repitió la mujer, estirando la boca con amabilidad.
—¿No te da vergüenza? —susurró la abuela.
Red Sam entró y le dijo a su mujer que dejara de holgazanear en la barra y que se apresurara a servir a esa gente. Los pantalones caquis le llegaban hasta las caderas y la barriga le caía sobre ellos como un saco de comida bamboleante bajo la camisa. Se acercó y se sentó a una mesa cercana; emitió una mezcla de suspiro y gritito en falsete.
—No hay manera. No hay manera —dijo, y se secó la cara sudorosa y roja con un pañuelo gris—. En estos tiempos que corren, no se sabe en quién confiar. ¿No es verdá?
—Desde luego, la gente ya no es como antes —sentenció la abuela.
—La semana pasada vinieron aquí dos tipos —explicó Red Sammy— que conducían un Chrysler. Un coche muy baqueteado pero bueno, y los muchachos me parecieron decentes. Dijeron que trabajaban en el molino y ¿saben que les permití poner en la cuenta la gasolina que compraron? ¿Por qué hice yo semejante cosa?
—¡Porque usté es un hombre bueno! —contestó de inmediato la abuela.
—Bueno, supongo que es así —dijo Red Sammy como si su respuesta lo hubiera dejado atónito.
La mujer sirvió lo que habían pedido. Llevaba los cinco platos al mismo tiempo sin usar bandeja, dos en cada mano y uno en equilibrio sobre el brazo.
—No hay una sola alma en este mundo de Dios en la que se pueda confiar —dijo—. Y yo no excluyo a nadie de la lista, a nadie —afirmó mirando a Red Sammy.
—¿Han leído algo sobre ese criminal, el Desequilibrado, que se escapó? —preguntó la abuela.
—No me sorprendería na que llegase a atacar este lugar —dijo la mujer—. Si oye lo qu'hay aquí, no me sorprendería verlo. Si se entera de que hay dos centavos en la caja, no me sorprendería que...
—Basta —dijo Red Sam—. Trae las Coca-Colas a esta gente. Y la mujer se retiró a buscar el resto del pedido.
—Un hombre bueno es difícil d'encontrar —dijo Red Sammy—. Las cosas s'están poniendo cada vez más feas. Yo m'acuerdo de qu'antes podías salir sin echar el cerrojo a la puerta. Eso s'acabó.
Él y la abuela hablaron de tiempos mejores. La anciana dijo que en su opinión Europa tenía la culpa de la situación actual. Dijo que por la manera en que actuaba Europa se podía llegar a pensar que estábamos hechos de dinero, y Red Sammy dijo que no valía la pena hablar de eso y que tenía toda la razón. Los chicos salieron corriendo a la luz blanca del sol y observaron al mono encadenado al árbol. Estaba entretenido quitándose pulgas y las mordía una a una como si se tratase de un bocado exquisito.
De nuevo partieron en la tarde calurosa. La abuela dormitaba y se despertaba a cada rato con sus propios ronquidos. En las afueras de Toombsboro se despertó y se acordó de una vieja plantación que había visitado en los alrededores una vez, cuando era joven. Dijo que la mansión tenía seis columnas blancas en el frente y que había una avenida de robles que conducía hasta la casa y dos pequeñas glorietas con enrejado de madera donde te sentabas con tu pretendiente después de pasear por el jardín. Recordaba con exactitud por qué carretera había que doblar para llegar allí. Sabía que Bailey no estaría dispuesto a perder el tiempo viendo una casa vieja, pero cuanto más hablaba de ella más ganas tenía de volver a verla y comprobar si las dos pequeñas glorietas seguían en pie.
—Había un panel secreto en la casa —afirmó astutamente, sin decir la verdad pero deseando que lo fuera—, y se contaba que toda la plata de la familia estaba escondida allí cuando llegó Sherman, pero nunca la encontraron...
—¡Eeeh! —dijo John Wesley—. ¡Vamos a verlo! ¡L'encontraremos nosotros! ¡Lo registraremos to y l'encontraremos! ¿Quién vive allí? ¿Dónde hay que girar? Eh, papá, ¿no podemos girar allí?
—¡Nunca hemos visto una casa con un panel secreto! —chilló June Star—. ¡Vayamos a la casa con el panel secreto! Eh, papá, ¿no podemos ir a ver la casa con el panel secreto?
—No está lejos d'aquí, lo sé —aseguró la abuela—. No tardaríamos más de veinte minutos.
Bailey miraba al frente. Tenía la mandíbula tan rígida como la herradura de un caballo.
—No —dijo.
Los chicos comenzaron a alborotar y a gritar que querían ver la casa con el panel secreto. John Wesley la emprendió a patadas contra el respaldo del asiento delantero, y June Star se colgó del hombro de su madre y le gimoteó desesperada al oído que nunca se divertían, ni siquiera en vacaciones, que nunca les dejaban hacer lo que querían. El bebé empezó a llorar y John Wesley pateó el respaldo del asiento con tal fuerza que su padre notó los golpes en los riñones.
—¡Muy bien! —gritó, y aminoró la marcha hasta parar a un costado de la carretera—. ¿Quieren cerrar la boca? ¿Quieren cerrar la boca un minuto? Si no se callan, no iremos a ningún lado.
—Sería muy educativo pa ellos —murmuró la abuela.
—Muy bien —dijo Bailey—, pero métanse esto en la cabeza: es la única vez que vamos a parar por algo así. La primera y la última.
—El camino de tierra donde debes doblar queda dos kilómetros atrás —observó la abuela—. Lo vi cuando lo pasamos.
—Un camino de tierra —gruñó Bailey.
Después de dar la vuelta en dirección al camino de tierra, la abuela recordó otros detalles de la casa, el hermoso vidrio sobre la puerta de entrada y la lámpara de velas en el recibidor. John Wesley dijo que el panel secreto probablemente estaría en la chimenea.
—No se puede entrar en esa casa —dijo Bailey—. No sabemos quién vive allí.
—Mientras ustedes hablan con la gente delante de la casa, yo correré hacia la parte d'atrás y entraré por una ventana —propuso John Wesley.
—Nos quedaremos todos en el coche —dijo la madre.
Doblaron por el camino de tierra y el coche avanzó a tropezones en un remolino de polvo colorado. La abuela recordó los tiempos en que no había carreteras pavimentadas y hacer cincuenta kilómetros representaba un día de viaje. El camino de tierra era abrupto y súbitamente se encontraban con charcos y curvas cerradas en terraplenes peligrosos. Tan pronto se hallaban en lo alto de una colina, desde donde se dominaban las copas azules de los árboles que se extendían a lo largo de kilómetros, como en una depresión rojiza dominada por los árboles cubiertos de una capa de polvillo.
—Mejor será que aparezca ese lugar antes de un minuto —dijo Bailey—, o daré la vuelta.
Daba la impresión de que nadie había pasado por aquel camino desde hacía meses.
—No falta mucho —comentó la abuela, y apenas lo hubo dicho cuando tuvo un pensamiento horrible. Le produjo tal vergüenza que la cara se le puso colorada y se le dilataron las pupilas y sus pies dieron un salto, de modo que movieron la bolsa de viaje en el rincón. En el momento en que se movió la bolsa, el periódico que había colocado sobre la cesta se levantó con un maullido y Pitty Sing, el gato, saltó sobre el hombro de Bailey.
Los chicos cayeron al suelo y su madre, con el bebé en brazos, salió disparada por la portezuela y se desplomó en la tierra; la vieja dama se vio arrojada hacia el asiento delantero. El automóvil dio una vuelta y aterrizó sobre el costado derecho, en una zanja al lado del camino. Bailey se quedó en el asiento del conductor con el gato —de rayas grises, cara blanca y hocico naranja— todavía agarrado al cuello como una oruga.
Tan pronto como los chicos se dieron cuenta de que podían mover los brazos y las piernas, salieron arrastrándose del coche y gritaron: «¡Hemos tenío un accidente!». La abuela estaba hecha un ovillo bajo el salpicadero y esperaba estar tan malherida que la furia de Bailey no cayera sobre ella. El pensamiento terrible que había tenido antes del accidente era que la casa que recordaba tan vívidamente, no estaba en Georgia, sino en Tennessee.
Bailey se quitó el gato del cuello con las manos y lo arrojó por la ventanilla contra el tronco de un pino. Luego salió del coche y empezó a buscar a la madre de los chicos. Estaba sentada en la cuneta, con el chico, que no paraba de llorar, en brazos, pero sçolo había sufrido un corte en la cara y tenía un hombro roto. «¡Hemos tenío un accidente!», gritaban los chicos en un delirio de felicidad.
—Pero nadie se ha muerto —señaló june Star con cierta desilusión, mientras la abuela salía rengueando del coche, con el sombrero todavía prendido a la cabeza pero el encaje delantero roto y levantado en un airoso ángulo y el ramito de violetas caído a un costado.
Se sentaron todos en la cuneta, excepto los chicos, para recobrarse de la conmoción. Estaban todos temblando.
—Tal vez pase algún coche —dijo la madre de los niños con voz ronca.
—Creo que m'hecho daño en algún órgano —comentó la abuela apretándose el costado, pero nadie le prestó atención.
A Bailey le castañeteaban los dientes. Llevaba una camisa amarilla de sport, con un estampado de loros en un azul vivo y tenía la cara tan amarilla como la camisa. La abuela decidió no comentar que la casa en cuestión estaba en Tennessee.
La carretera quedaba unos tres metros más arriba y sólo podían ver las copas de los árboles al otro lado. Detrás de la cuneta donde estaban sentados había más árboles, altos, oscuros y graves. A los pocos minutos divisaron un coche a cierta distancia, en lo alto de una colina; avanzaba lentamente como si sus ocupantes los estuvieran observando. La abuela se puso en pie y agitó los brazos dramáticamente para atraer su atención. El automóvil continuó avanzando con lentitud, desapareció en un recodo y volvió a aparecer, rodando aún más despacio, sobre la colina por la que ellos habían pasado. Era un vehículo grande y baqueteado, parecido a un coche fúnebre. Había tres hombres dentro.
Se detuvo justo a su lado y durante unos minutos el conductor miró fija e inexpresivamente hacía donde estaban sentados, sin decir palabra. Luego volvió la cabeza, susurró algo a los otros dos y se apearon. Uno era un muchacho gordo con pantalones negros y una sudadera roja con un semental plateado estampado delante. Caminó, se colocó a la derecha del grupo y se quedó mirándolos con la boca entreabierta en una floja sonrisa burlona. El otro llevaba pantalones color caqui, una chaqueta de rayas azules y un sombrero gris echado hacia delante que le tapaba casi toda la cara. Se acercó despacio por la izquierda. Ninguno de los dos habló.
El conductor salió del coche y se quedó junto a él mirándolos. Era mayor que los otros. Su pelo empezaba a encanecer y llevaba unas gafas con montura plateada que le daban aspecto académico. Tenía el rostro largo y arrugado, y no llevaba camisa ni camiseta. Vestía unos tejanos que le quedaban demasiado ajustados y llevaba en la mano un sombrero y una pistola. Los dos muchachos llevaban pistolas.
—¡Hemos tenío un accidente! —gritaron los niños.
La abuela tuvo la extraña sensación de que conocía al hombre de las gafas. Le sonaba tanto su cara que era como si le hubiera conocido de toda la vida, pero no lograba recordar quién era. Él se alejó del coche y empezó a bajar por el terraplén dando los pasos con sumo cuidado para no resbalar. Calzaba zapatos blancos y marrones y no llevaba calcetines; sus tobillos eran flacos y rojos.
—Buenas tardes —dijo—. Veo que han tenío un accidente de na.
—¡Hemos dao dos vueltas de campana! —dijo la abuela.
—Una —corrigió él—. Lo hemos visto. Hiram, prueba el coche a ver si funciona —indicó en voz baja al muchacho del sombrero gris.
—¿Pa qué lleva esa pistola? —preguntó John Wesley—. ¿Qué va hacer con ella?
—Señora —dijo el hombre a la madre de los chicos—, ¿le importaría decirles a esos chicos que se sienten a su lao? Los niños me ponen nervioso. Quiero que se queden sentados juntos.
—¿Quién es usté pa decirnos lo que debemos hacer? —preguntó June Star.
Detrás de ellos, la línea de los árboles se abrió como una oscura boca.
—Vengan aquí —dijo la madre.
—Verá usted —dijo Bailey de pronto—, estamos en un apuro. Estamos en...
La abuela soltó un chillido. Se levantó trabajosamente y lo miró de hito en hito.
—¡Usté es el Desequilibrado! ¡Lo he reconocío na más verlo!
—Sí, señora —dijo el hombre, que sonrió levemente como si estuviera satisfecho a pesar de que lo hubieran reconocido—, pero habría sido mejor pa todos ustedes, señora, que no me hubiese reconocío.
Bailey volvió la cabeza bruscamente y dijo a su madre algo que dejó atónitos hasta a los niños. La anciana se echó a llorar y el Desequilibrado se ruborizó.
—Señora —dijo—, no se disguste. A veces un hombre dice cosas que no piensa. No creo qu'haya querido hablarle d'esa manera.
—Tú no dispararías a una dama, ¿verdá? —dijo la abuela, que se sacó un pañuelo limpio del puño y empezó a secarse los ojos.
El Desequilibrado clavó la punta del zapato en el suelo, hizo un pequeño hoyo y luego lo tapó de nuevo.
—No me gustaría na tener qu'hacerlo.
—Escucha —dijo la abuela casi a gritos—, sé qu'eres un buen hombre. No pareces tener la misma sangre que los demás. ¡Sé que debes de venir d'una buena familia!
—Sí, señora —afirmó él—, la mejor del mundo. —Cuando sonreía mostraba una hilera de fuertes dientes blancos—. Dios nunca creó a una mujer mejor que mi madre, y papá tenía un corazón d'oro puro.
El muchacho de la sudadera roja se había colocado detrás de ellos con la pistola en la cadera. El Desequilibrado se acuclilló.
—Vigila a los niños, Bobby Lee —dijo—. Sabes que me ponen nervioso.
Miró a los seis apiñados ante él y dio la impresión de estar incómodo, como si no se le ocurriera qué decir.
—No hay ni una nube en el cielo —comentó alzando la vista—. No se ve el sol, pero tampoco hay nubes.
—Sí, es un día hermoso —dijo la abuela—. Escucha, no te tendrías que apodar el Desequilibrado, porque yo sé que en el fondo eres un hombre bueno. Con solo mirarte ya me doy cuenta.
—¡Calla! —gritó Bailey—. ¡Calla! ¡Cállense todos y déjenme a mí arreglar esto! —Estaba en cuclillas como un atleta a punto de iniciar la carrera, pero no se movió.
—Muchas gracias, señora —dijo el Desequilibrado, y dibujó un circulito con la culata de la pistola.
—Tardaremos una media hora en arreglar el coche —avisó Hiram mirando por encima del capó abierto.
—Bueno, primero tú y Bobby Lee lleven a él y al niño allá —dijo el Desequilibrado señalando a Bailey y a John Wesley—. Los muchachos quieren preguntarle algo —explicó a Bailey—. ¿Le importaría acompañarlos hasta el bosque?
—Escuche —comenzó Bailey—, ¡estamos en un gran aprieto! Nadie se da cuenta de lo qu'es esto. —Y se le quebró la voz. Tenía los ojos tan azules y brillantes como los loros de su camisa, y se quedó absolutamente inmóvil.
La abuela levantó la mano para ponerse bien el ala del sombrero como si fuera al bosque con él, pero se le desprendió entre los dedos. Se quedó mirándola y después de un segundo la dejó caer al suelo. Hiram levantó a Bailey tomándolo del brazo como si estuviera ayudando a un anciano. John Wesley agarró la mano de su padre y Bobby Lee se colocó detrás de ellos. Se encaminaron hacia el bosque y, cuando llegaron al borde oscuro, Bailey se dio la vuelta y, apoyándose contra el tronco gris y pelado de un pino, gritó:
—¡Estaré de vuelta en un minuto, espérame, mamá!
—¡Vuelve ahora mismo! —exclamó la abuela, pero todos desaparecieron en el bosque—. ¡Bailey, hijo! —gritó con voz trágica, pero se encontró con que estaba mirando al Desequilibrado, que estaba acuclillado delante de ella—. Sé muy bien qu'eres un hombre bueno —le dijo con desesperación—. ¡No eres una persona corriente!
—No, no soy un hombre bueno —repuso el Desequilibrado un instante después, como si hubiera considerado su afirmación con sumo cuidado—, pero tampoco soy lo peor del mundo. Mi viejo decía que yo era un perro de raza diferente de la de mis hermanos y hermanas. «Mira —decía mi viejo—, hay algunos que pueden vivir toa su vida sin preguntarse por qué y otros que tienen que saber el porqué, y este muchacho es d'estos últimos. ¡Va estar en to!»
Se puso el sombrero y súbitamente alzó la mirada y la dirigió hacia el bosque como si de nuevo se sintiera incómodo.
—Perdonen qu'esté sin camisa delante de ustedes, señoras —añadió encorvando un poco los hombros—. Enterramos la ropa que teníamos cuando escapamos y nos apañamos con lo que tenemos hasta que consigamos algo mejor. Esta ropa nos la prestaron unos tipos que encontramos.
—No pasa na —observó la abuela—. Tal vez Bailey tenga otra camisa en su maleta.
—Luego la buscaré —dijo el Desequilibrado.
—¿Adónde se lo están llevando? —gritó la madre de los niños.
—Papá era un gran tipo —dijo el Desequilibrado—. No había quien l'engañara. Pero nunca tuvo problemas con las autoridades. Tenía l'habilidá de saber tratarlos.
—Tú podrías ser honrado si te lo propusieras —afirmó la abuela—. Piensa en lo bonito que sería establecerse en algún sitio y vivir cómodamente sin que nadie t'estuviera persiguiendo to el tiempo.
El Desequilibrado escarbaba en el suelo con la culata de la pistola como si estuviera reflexionando sobre estas palabras.
—Sí, siempre hay alguien persiguiéndote —murmuró.
La abuela reparó en cuán delgados eran sus omóplatos detrás del sombrero, porque estaba de pie y lo miraba desde arriba.
—¿Rezas alguna vez? —preguntó.
Él negó con la cabeza. Ella sólo vio cómo el sombrero negro se movía entre sus omóplatos.
—No.
Sonó un disparo de pistola en el bosque, seguido de inmediato por otro. Luego, silencio. La cabeza de la anciana dio una sacudida. Oyó cómo el viento se movía entre las copas de los árboles como una larga inspiración satisfecha.
—¡Bailey, hijo! —gritó.
—Durante un tiempo fui cantante de gospel —explicó el Desequilibrado—. He sido casi to. Serví en el Ejército de Tierra y en la Marina, aquí y en el extranjero. Me casé dos veces, trabajé de sepulturero, trabajé en los ferrocarriles, aré la madre tierra, presencié un tornado, una vez vi quemar vivo un hombre. —Y miró a la madre de los chicos y a la niña, que estaban sentadas muy juntas, con la cara blanca y los ojos vidriosos—. Hasta he visto azotar a una mujer.
—Reza, reza —empezó a repetir la abuela—, reza, reza...
—No era un chico malo por lo que recuerdo —prosiguió el Desequilibrado con voz casi soñadora—, pero en algún momento hice algo malo y m'enviaron a la penitenciaría. M'enterraron vivo.
Miró hacia arriba y mantuvo la atención de la abuela con una mirada fija.
—Fue entonces cuando deberías haber comenzado a rezar —dijo ella—. ¿Qu'hiciste pa que te enviaran a la penitenciaría la primera vez?
—Doblabas a la derecha y había una pared —explicó el Desequilibrado con la mirada alzada hacia el cielo sin nubes—. Doblabas a la izquierda y había una pared. Mirabas arriba y estaba el techo, mirabas abajo y estaba el suelo. Olvidé lo qu'había hecho, señora. Me quedaba sentado allí tratando de recordar lo qu'había hecho y, hasta el día de hoy, no lo recuerdo. De vez en cuando pensaba que lo recordaría, pero no fue así.
—Tal vez t'encerraron por error —apuntó la anciana. —No —dijo él—. No hubo error. Había pruebas contra mí. —Tal vez robaste algo.
El Desequilibrado soltó una risita burlona.
—Nadie tenía na que yo quisiese. Un jefe de médicos de la penitenciaría dijo que lo que yo había hecho fue matar a mi padre, pero sé que es mentira. Mi viejo murió en mil novecientos diecinueve de la epidemia de gripe y yo nunca tuve na que ver con eso. L'enterraron en el cementerio de la iglesia baptista de Mount Hopewell y usté puede ir y verlo por sí misma.
—Si rezaras —dijo la anciana—, Cristo te ayudaría.
—Así es.
—Entonces, ¿por qué no rezas? —preguntó ella, temblando de súbita alegría.
—No quiero ninguna ayuda. Solo, las cosas me van bien.
Bobby Lee y Hiram regresaron del bosque con paso lento. Bobby Lee arrastraba una camisa amarilla con loros azules estampados.
—Tírame esa camisa, Bobby Lee —dijo el Desequilibrado.
La camisa llegó volando, aterrizó en su hombro y se la puso. La abuela no podía pensar en lo que le hacía recordar esa camisa.
—No, señora —prosiguió el Desequilibrado mientras se abrochaba los botones—, comprendí que el delito da igual. Puedes hacer una cosa o hacer otra, matar a un hombre o quitarle una rueda del coche, porque tarde o temprano t'olvidas de lo qu'has hecho y simplemente te castigan por ello.
La madre de los chicos comenzó a emitir sonidos entrecortados, como si no pudiese respirar.
—Señora —dijo él—, ¿podrían usted y la pequeña acompañar a Hiram y a Bobby Lee hasta donde está su esposo?
—Sí, gracias —dijo la madre débilmente. Su brazo izquierdo colgaba inútil, y llevaba al bebé, que se había quedado dormido, en el otro.
—Ayuda a la señora, Hiram —dijo el Desequilibrado, cuando ella trataba penosamente de subir por la zanja—. Y tú, Bobby Lee, toma a la pequeña de la mano.
—No quiero que me dé la mano —replicó June Star—. Parece un cerdo.
El muchacho gordo se ruborizó y se rió, la tomó de la mano y tiró de ella hacia el bosque detrás de Hiram y la madre.
Sola con el Desequilibrado, la abuela se dio cuenta de que había perdido la voz. No había una sola nube en el cielo, y tampoco sol. No había nada a su alrededor excepto el bosque. Quiso decirle que debía orar. Abrió y cerró la boca varias veces antes de que saliera algo. Finalmente se encontró a sí misma diciendo: «Jesús, Jesús». Quería decir «Jesús t'ayudará», pero de la manera en que lo decía era como si estuviera maldiciendo.
—Sí, señora —dijo el Desequilibrado como si le estuviera dando la razón. Jesús rompió el equilibrio de todo. Le ocurrió lo mismo que mí, salvo que Él no había cometido ningún crimen y en mi caso pudieron probar que yo había cometido uno porque tenían los documentos contra mí. Por supuesto, nunca me mostraron los papeles. Por eso ahora pongo la firma. Dije hace mucho tiempo: te consigues una firma y firmas to lo qu'haces y te quedas con una copia. Entonces sabrás lo qu'has hecho y podrás contraponer el delito con el castigo y ver si se corresponden y al final tendrás algo pa probar que no t'han tratao como debían. Me hago llamar el Desequilibrado porque no puedo hacer que las cosas malas que he hecho se correspondan con lo que he soportao durante`l castigo.
Se oyó un grito desgarrador en el bosque, seguido de inmediato por un disparo.
—¿Le parece bien a usté, señora, que a uno le castiguen mucho y a otro no le castiguen na?
—¡Jesús! —gritó la anciana—. ¡Tienes buena sangre! ¡Yo sé que no dispararías a una dama! ¡Sé que vienes d'una familia buena! ¡Reza! Por Dios, no deberías disparar a una dama. ¡Te daré to el dinero que tengo!
—Señora —repuso el Desequilibrado mirando hacia el bosque—, nunca ha habido un cadáver que diera una propina al sepulturero.
Se oyeron otros dos disparos y la abuela levantó la cabeza como un viejo pavo sediento pidiendo agua y gritó: «¡Bailey, hijo, Bailey, hijo!», como si fuera a partírsele el corazón.
—Jesús es el único qu'ha resucitao a los muertos —continuó el Desequilibrado—, y no tendría qu'haberlo hecho. Rompió el equilibrio de to. Si Él hacía lo que decía, entonces sólo te queda dejarlo to y seguirlo, y si no lo hacía, entonces sólo te queda disfrutar de los pocos minutos que tienes de la mejor manera posible, matando a alguien o quemándole la casa o haciéndole alguna otra maldad. No hay placer, sino maldad —dijo, y su voz casi se había transformado en un gruñido.
—Tal vez no resucitó a los muertos —murmuró la anciana, sin saber lo que estaba diciendo y sintiéndose tan mareada que se dejó caer en la zanja sobre las piernas cruzadas.
—Yo no estaba allí, así que no puedo decir que no lo hizo —repuso el Desequilibrado—. Ojalá hubiera estado allí —añadió golpeando el suelo con el puño—. No está bien que no estuviera allí, porque d'haber estao allí yo sabría. Escuche, señora —añadió alzando la voz—, d'haber estao allí, yo sabría y no sería como soy ahora.
Su voz parecía a punto de quebrarse y la cabeza de la abuela se aclaró por un instante. Vio la cara del hombre contraída cerca de la suya como si estuviera a punto de llorar, y entonces murmuró:
—¡Si eres uno de mis niños! ¡Eres uno de mis hijos!
Tendió la mano y lo tocó en el hombro. El Desequilibrado saltó hacia atrás como si le hubiera mordido una serpiente y le disparó tres veces en el pecho. Luego dejó la pistola en el suelo, se quitó las gafas y se puso a limpiarlas.
Hiram y Bobby Lee regresaron del bosque y se detuvieron junto a la cuneta para observar a la abuela, que estaba medio sentada, y medio tendida en un charco de sangre, con las piernas cruzadas como las de un niño, y su rostro sonreía al cielo sin nubes.
Sin las gafas, los ojos del Desequilibrado estaban bordeados de rojo y tenían una mirada pálida e indefensa.
—Llévensela y déjenla donde dejaron a los otros —dijo, y tomó al gato, que se estaba refregando contra su pierna.
—Era una charlatana —dijo Bobby Lee, y bajó a la zanja cantando.
—Habría sido una buena mujer —dijo el Desequilibrado— si hubiera tenío a alguien cerca que le disparara cada minuto de su vida.
—¡Pequeña diversión! —dijo Bobby Lee.

—Cállate, Bobby Lee —dijo el Desequilibrado—. No hay verdadero placer en la vida.