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viernes, 1 de abril de 2016

Ve y Pon un Centinela (Harper Lee)

Harper Lee




El esperado regreso de la emblemática escritora estadounidense, Harper Lee, quien fue conocida mundialmente durante casi toda su vida, sólo por escribir la mítica novela, ganadora del Premio Pulitzer, publicada en los años 60, “Matar un Ruiseñor”; un título clave en la historia de la literatura estadounidense, y un ícono de los americanos, que encumbraron sus virtudes y la del personaje protagonista, Atticus Finch. 55 años después, en el año 2015, sale a la venta “Ve y pon un centinela”, justo un año antes de que la escritora falleciera, el 19 de Febrero del 2016, a los 89 años de edad.

Para hablar de "Ven y pon un centinela" es inevitable hablar de “Matar un Ruiseñor”, ya que el primero, fue el primer manuscrito que Lee entregó a sus editores. En "Ven y pon un centinela", ambientada en los años 50, encontraremos los personajes de Matar un Ruiseñor, 20 años después de los acontecimientos de la famosa novela.

Según dice la historia, el editor al leer el manuscrito que contenía la historia de Ve y pon un centinela, le sugirió a Harper Lee desarrollar más la novela con flashbacks con el pasado de sus protagonistas... El proceso resultó tan interesante, que se fue creando otra novela a través de esos flashbacks... Y tras casi tres años de trabajo de edición y reescritura de Harper Lee y su editor, nació finalmente “Matar un Ruiseñor”, sustituyendo la que hubiese sido la primer obra de Lee. 

“Matar un Ruiseñor”, resultó un trabajo de introspección para la misma Lee, ya que ella misma confesó en diversas ocasiones, que ella sólo podría escribir sobre sus propias vivencias. Atticus es una imagen de su mismo padre, quien también fue abogado, y también tuvo que enfrentar un caso de un negro acusado injustamente. Con Matar un Ruiseñor, Lee también se vio obligada a retroceder 20 años atrás de su historia original. Y es por esto, que leer "Ve y pon un centinela" resulta un ejercicio de lectura y análisis muy estimulante.

Cuando salió por primera vez, no sentí interés en leerlo, pero ahora que finalmente lo leí, me ha resultado muy interesante conocer esa historia original, que fue la base del universo de Matar un Ruiseñor, la base para la historia que se desenvuelve en el espacio ficticio, de Maycomb, Alabama; que sería otra traslación de Harper Lee, con el pueblo donde verdaderamente nació, de Manroeville, Alabama. 

La novela en términos generales me pareció interesante, especialmente por los referentes de Matar un Ruiseñor. Los narradores de ambas novelas son distintos... si en “Matar un Ruiseñor” era un relato en primera persona de la niña Scout, una mirada inocente de la realidad, de su padre, de la vida, que desencadena en una misma perdida de la inocencia; en “Ven y por un Centinela”, el narrador es una tercera persona, que se encargará de destruir varios de los mitos creados en Matar un Ruiseñor, una mirada externa que nos dará una mayor visión de ese pequeño pueblo del sur. 

Si “Matar un Ruiseñor” se despliega en los años 30, “Ve y pon un centinela” se desenvuelve en plenos años 50. Jean Louis Finch, la pequeña Scout de la primera novela, acá tiene 26 años, y regresa a Maycomb, luego de enterarse de que su padre, Atticus Finch, ha estado mal de salud últimamente. Además la novela nos trae nuevas sorpresas, que no considero spoilers, ya que lo dicen en las primeras páginas, que el hermanito de Scout, Jem, murió; el amigo de los niños, Dill (inspirado en el amigo de la infancia de Lee, Truman Capote) se encuentra en el extranjero, y el que sigue en Maycomb, es Henry Clinton, antiguo amigo de los niños, que es acogido y criado por Atticus, y que está enamorado de Jean Louis.  

Es interesante ver la evolución de Scout, ahora convertida en Jean Louis, una joven que vive en la ciudad, y que ya no ve a su antiguo pueblo de la misma manera. En especial, luego de experimentar todo lo que ocurre, desde el auge de la rebelión de los afroamericanos, la intolerancia de los habitantes de Maycomb, pequeñas referencias al Ku Klux Klan; pero en especial, lo que más sorprende a Jean Louis, es descubrir el infierno de un pueblo del sur en los años 50… algo que quizás no había visto antes. El arraigado conservadurismo, la religión exacerbada, los juzgamientos sociales, la hipocresía, la discriminación, etc… todos esos temas que también trataron las fantásticas Damas del Sur de la Literatura Norteamericana, como Carson McCullers, Flannery O´Connor, Eudora Welty, etc… según, las dos primeras no reaccionaron de forma favorable por el éxito de Matar un Ruiseñor. Pero a pesar de que las famosas escritoras del sur no la aprobaban, las historias del Harper Lee están llenas de ese mismo entorno, de esa atmósfera inconfundible de los escritores del sur… en especial si tenemos en cuenta, que todo lo que plasmó, fue de acuerdo a su propia experiencia.   

La novela inicia con fuerza, los detalles y las asociaciones que directamente hace el lector, alimentan la trama. También trabaja mucho con los fashbacks, y hay episodios realmente muy buenos. Hay una crítica tremenda de trasfondo, sobre las creencias, las convicciones, las influencia de la sociedad en nuestras acciones, y diversos dilemas éticos y morales, que traspasan hacia al lector, poniéndolo a pensar, a dudar y a tomar una posición. Eso me pareció muy importante. También queda en evidencia, con algunos recuerdos de Jean Louis, el conservadurismo en la educación de los niños, en especial cuando Scout pensaba estar embarazada de pequeña, cuando un chico la besó, eso teniendo en cuenta que creció sin su madre.

Desde varios aspectos, encuentro virtudes y puntos positivos, pero a medida que avanza la novela, te das cuenta que si hay problemas de edición. Hay partes que restan importancia o que son prescindibles dentro de la historia. Así como la falta de pulimento de fragmentos y capítulos enteros al final, con momentos donde se cae mucho en el cliché, y en algún momento encuentras caótico el curso de la historia. Pienso que en especial en sus capítulos finales, la novela decae, y aunque se encuentra en un punto alto de emociones y drama, los momentos no son resueltos de forma tan pulcra, como podrían haber sido. Lo que quizás me hizo comprender un poco, del por qué la misma Harper Lee no había hecho antes la publicación de ese manuscrito. 

Sim embargo, la novela tiene su mérito, pero lamentablemente creo que la mayoría de los méritos vienen bajo la sombra de la novela “Matar un Ruiseñor”. El morbo o la curiosidad de saber lo que pasa con esos personajes, o saber cómo los imaginó Harper Lee desde el inicio. Sin dudas, también es un ejercicio fascinante, que creo que todos los que leyeron o no la primera novela, deberían realizar, y sacar sus propias conclusiones. En lo personal, creo que pudo ser mucho mejor. Pero no deja de ser interesante.  


6/10



Algunos fragmentos interesantes:

“El timbre de la puerta de los Finch era un instrumento místico: se podía adivinar el estado de ánimo de quien lo tocaba. Cuando hizo ¡ding-dooong! Jean Louise supo que era Henry y que estaba contento. Se apresuró a abrir la puerta”


Sin mostrar inquietud alguna ante la deslealtad de Herbert Jemson, de la cual no se había percatado, el señor Stone se levantó y se acercó al púlpito Biblia en mano. La abrió y dijo:
—El texto de hoy está tomado del capítulo veintiuno de Isaías, versículo seis: «Porque el Señor me dijo así: Ve y pon un centinela que haga saber lo que viere».
Jean Louise hizo un sincero esfuerzo por escuchar lo que veía el centinela del señor Stone, pero, a pesar de sus esfuerzos por refrenarse, sintió que su buen humor se convertía en indignado malestar, y pasó todo el oficio mirando fijamente a Herbert Jemson. ¿Cómo se atrevía a cambiarlo? ¿Intentaba conducirlos de nuevo a la Madre Iglesia? Si se hubiera dejado dominar por la razón, se habría dado cuenta de que Herbert Jemson era un metodista de pura cepa: sus conocimientos de teología eran notoriamente escasos y sumaba, en cambio, una larga lista de buenas obras.



Chirriaron todos los nervios de su cuerpo y a continuación quedaron como muertos. Se sentía abotargada.
Se levantó con torpeza y bajó a trompicones por la escalera cubierta. No oyó el roce de sus pies al bajar la ancha escalera de fuera, ni el reloj del juzgado dando trabajosamente las dos y media, ni sintió el aire frío y húmedo de la planta baja.
El reverbero del sol le hirió los ojos, y se llevó las manos a la cara. Cuando las bajó lentamente para que sus ojos se acostumbraran de la oscuridad a la luz, vio Maycomb desierto y resplandeciente en medio de la tarde calurosa.
Bajó la escalinata y se puso a la sombra de un roble. Estiró el brazo y se apoyó en el tronco. Miró Maycomb y se le hizo un nudo en la garganta: Maycomb le devolvía la mirada.
«Vete», decían los vetustos edificios. «Aquí no hay sitio para ti. No te queremos. Tenemos secretos».



Jean Louise se fue a su cuarto, cerró la puerta, se desabrochó la blusa, se bajó la cremallera de los pantalones y se tumbó atravesada en la cama de hierro forjado de su madre. Buscó a tientas la almohada y apoyó la cara en ella. Un minuto después estaba dormida.
Quizá, de haber podido pensar, de haberse parado a considerar lo sucedido ese día a la luz de una historia que se repetía desde el principio de los tiempos, habría podido prevenir futuros acontecimientos. El capítulo que la afectaba había comenzado doscientos años atrás y tenía como escenario una sociedad orgullosa que ni la guerra más sangrienta ni la paz más draconiana de la historia moderna habían podido destruir, y que volvía a repetirse y se desplegaba en el terreno de lo privado, en el ocaso de una civilización que ni la guerra ni la paz podían salvar.
De haber sido más perspicaz, habría podido traspasar las barreras de su mundo insular, tan extremadamente selectivo, y tal vez hubiera descubierto que tenía desde siempre un defecto de la vista que había pasado desapercibido para ella y para sus más allegados: había nacido daltónica. No distinguía los colores.



“Los hipócritas tienen tanto derecho a vivir en este mundo como cualquiera” (Atticus Finch)


“La isla de cada ser humano, Jean Louise, el centinela de cada uno, es su conciencia. Eso de la conciencia colectiva no existe”. (Doctor Finch, tío de Jean Louis)



Alejandro Salgado Baldovino (A.S.B)
@alejo_salgadoB
@alejandros17.89



Alejandro Salgado Baldovino (A.S.B)



sábado, 3 de enero de 2015

Sangre Sabia (Flannery O'Connor)

Flannery O'Connor


Flannery O'Connor es una de las conocidas Damas del Sur de la Literatura Norteamericana, de esas escritoras que supieron plasmar con fidelidad y frialdad el gótico sureño, junto con todos los elementos que lo alimentaron durante el pasado siglo, y que aún hoy en día prevalecen. “Sangre Sabia” o “Wise Blood” como su título original, fue la primera publicación que hizo en su vida, en el año de 1952, que sería una de las dos únicas novelas que publicaría en su corta vida; murió a los 39 años por una enfermedad degenerativa. Luego de Sangre Sabia, a mediados de los 50 publicarías sus relatos y cuentos, con los que sería mayormente reconocida, logrando el prestigioso National Book Award en 1971 por su compilación de cuentos, cuando ya había fallecido años antes en el 64. 

Y así fue toda la vida de esta autora, un drama interminable, y que con una producción literaria de sólo una década, con dos novelas y varios cuentos, es considerada hoy en día como una o sino la más grande narradora norteamericana de todos los tiempos, siendo una de las infaltables en cualquier lista de las mejores obras de la literatura de cualquier tiempo.  

El año pasado tuve la fortuna de descubrir los relatos de O'Connor, que me parecieron excelentes, lo que me llevaron a adquirir una bella edición de Lumen, titulada simplemente “Flannery O'Connor, Novelas”, donde vienen “Sangre Sabia” y “Los violentos lo arrebatan”. Pero vamos por partes…

En “Sangre Sabia” nos cuenta la historia de Hazel Motes, un hombre que tras servir en el ejército en la Segunda Guerra Mundial, regresa a su pueblo natal en Tennessee, un pueblo altamente religioso y evangélico en el profundo sur de los Estados Unidos. Haze llega con la determinación de enfrentar la tradición religiosa de la comunidad, representada especialmente en Asa Hawkes, un predicador aparentemente ciego y su hija, quienes predican y piden limosnas. Por lo tanto, Hazel se propone crear su propia iglesia, que llamará “La Iglesia sin Cristo”.

“Sangre Sabia” contiene todos los ingredientes y obsesiones de la autora, quien en sus textos siempre enfrenta a sus complejos personajes en dilemas morales, siempre teniendo como telón de fondo temas como la religión, o la obsesión por la religión, el racismo, y todos esos temas que mitificaron el sur de los Estados Unidos, hasta nuestros días. Desde el inicio, con la presentación del personaje de Hazel, que dicho sea de paso, me parece uno de los personajes más interesantes y complejos de la literatura americana, es tan bien logrado y profundizado por O'Connor, que desde el inicio nos muestra su sensibilidad y sus ideas, con unas descripciones siempre tan precisas y justas, tanto de los elementos del entorno, como de sus mismos personajes.

Además de Hazel, se nos presenta todo un desfile de personajes extraños, reales e inquietantes, como el ya mencionado Asa Hawkes y su hija, Enoch Emery, quien da el título al libro, ya que su sangre es sabia… o al menos así lo cree él, porque según él le avisa y le hace sentir cuando algo está a punto de ocurrir, ya sea bueno o malo… y la señora Flood, la patrona de la pensión donde se queda Hazel, otro personaje poderoso y perturbador, que sorprenderá hasta el final de la historia. 

En síntesis, otro gran trabajo de la gran escritora del sur, imperdible e imprescindible. Fiel a su estilo, una obra implacable, con duras escenas, fuertes cuestionamientos y dilemas que dejarán pensando a cada lector. En el año de 1979, el gran John Huston, quien dirigió también la adaptación de la novela de Carson McCullers, “Reflejos en un ojo dorado”, adaptó “Sangre Sabia”, protagonizada por Brad Dourif (Alguien voló sobre el nido del cuco) en el papel de Hazel Motes. Aún no la he visto, pero imagino que debe ser brutal como la novela, y conociendo el buen hacer de Huston. 


Precisamente, en el prólogo de sus “Cuentos Completos”, cuentan una anécdota sobre John Huston, que transcribo a continuación: 

“John Huston rodó en 1978 una película basada en Sangre sabia, la primera de las novelas de Flannery O'Connor. Por la rareza de su argumento, la rebelión de un joven fanático religioso contra Cristo, tuvo muchos problemas de financiación, aunque finalmente pudo rodarse en el tiempo récord de cuarenta y ocho días. John Huston, en el último capítulo de su autobiografía, escribe: «Nada me haría más feliz que ver que esta película consiga aceptación popular y rinda beneficios. Demostraría algo. No estoy seguro qué... pero algo».
La película pasó sin pena ni gloria, que es un poco el destino que corrió la obra de Flannery O'Connor durante los años setenta, que fue cuando Esther Tusquets la publicó en español casi en su totalidad.”


9/10


Portada de la edición de Lumen con las dos novelas de O'Connor:




Flannery O'Connor

miércoles, 5 de noviembre de 2014

La Hija del Optimista (Eudora Welty)

Eudora Welty




Última novela publicada por primera vez en 1972 por Eudora Welty, otra de las Damas del Sur de la Literatura Norteamericana, galardonada con el prestigioso Premio Pulitzer en 1973. Parecerá increíble, que sólo hasta el 2009 fue editada y desvelada al público de habla hispana por primera vez, gracias a la editorial Impedimenta.

“La Hija del Optimista”, inicialmente iba a ser un relato corto de la autora, quien posteriormente decidió alargarlo y convertirlo en la novela que hoy podemos leer. Cuenta la historia de Laurel, quien es el eje central de la narración, es la hija del optimista, una mujer madura, que regresa a Nueva Orleans debido al llamado de su propio padre, el juez McKelva, un hombre independiente y autosuficiente, que está a punto de ser operado de la vista. Su hija, extrañándose de la llamada de su padre por tan simple operación, asiste sin pensarlo dos veces. Al llegar a su pueblo, Laurel también se internará inmediatamente en su pasado, plagado de objetos, flores, olores, colores y personales particulares, como su madrastra Fay, una mujer mucho menor que su padre, casi de la misma edad de Laurel, con una actitud orgullosa e imponente. 

Con todos esos elementos, tenemos todos los ingredientes para un tremendo melodrama sureño… Acostumbrados al drama puro y a la intensidad en diálogos, Eudora Welty nos responde con silencios, prolongados silencios y cavilaciones, enormes monólogos internos, descripciones y cuestionamientos, de un narrador externo que es capaz de leer con gran fidelidad las almas de sus atormentados personajes… quien no es otra que la misma Eudora Welty… Nos pone un enorme freno, lo que quizás puede hacer que algunos lectores se aburran en las primeras páginas por el impacto del cambio en la narración, con respecto a nuestra anterior autora Carson McCullers… Por lo tanto, el libro de Welty requiere un esfuerzo a la sabia paciencia, a la contemplación y el deleite en hallar la poesía de lo cotidiano y en lo aparentemente inane. Toda la narración, es desde la perspectiva de Laurel, quien nos interna poco a poco, en su pasado, en sus recuerdos, sus nostalgias y sus añoranzas. 

Aunque mantiene similitudes con Carson McCullers, por la atmósfera de ese sur, que tan bien supieron describir y desentrañar… desde los mínimos cambios en el clima, como en el de sus propios personajes… con Welty entramos a un terreno de pleno realismo y narración introspectiva, con un cuidadoso narrador omnisciente que se camufla en las distintas voces y ritmos narrativos de la lectura… Welty, tampoco siente la necesidad de introducir personajes extraños a la trama, como McCullers lo hace… en Welty todo es real, íntimo y humano… Y lo mismo humano, después de conocerlo a profundidad, gracias a la historia, se nos desdibuja y se nos hace extraño y grotesco… 

El libro tiene varios momentos de vital importancia donde se centran partes cruciales de la acción; desde el hospital, con el médico, las enfermeras, las discusiones, las lecturas de Laurel a su padre, los arranques de Fay, en fin…. Siguiendo con el momento del velorio, donde frente al cadáver del juez se tornan diversas discusiones o charlas, donde destaca la de Laurel con sus amigas, quienes pretenden distraerla con el chisme y la habladuría… personalmente me sucedió algo curioso en esa parte, y es que ya estaba metido tanto en el personaje de Laurel, que me molestaron un poco esos chismes, y leí esa parte un poco rápido como si estuviese desesperado, fastidiado, o como si no quisiera escuchar… Y que un autor logre hacer sentir de esa forma al lector, me parece muy destacable.  Además, que dentro de esas discusiones se representan diversos elementos, como las costumbres y los comportamientos de los pueblos del sur. Y otro de los momentos de vital importancia, y uno de mis favoritos, es en el tramo final, cuando Laurel se enfrenta directamente con el recuerdo de su madre, en el escenario de su casa… a la vez que surgen los recuerdos de todos los muertos, su propio esposo, que falleció en la Segunda Guerra Mundial, y el de su propio padre. Toda esa escena inducida por la bella imagen de un pájaro que se interna en la casa y la lleva a trasladarse justamente al lugar de los más íntimos recuerdos. 

Otro aspecto a destacar, es que toda la narración transcurre con constante calma y cuidado, que va acorde a la misma mirada que Laurel tiene de las cosas y de reaccionar frente a los acontecimientos que se le presentan. Sólo alcanzando un punto fuerte hacia el final, donde confronta por primera vez a su vil madrastra… que ignoró o trató de ignorar durante la mayoría del recorrido…

Eudora Welty escribió esta novela, como se menciona en el prólogo, no teniendo la edad de Laurel, sino ya estando más cercana a la edad del juez… Lo que se aprecia en la sabiduría de su prosa, en su conocimiento del ser humano y de la vida misma… Su paseo por temas como la muerte, el recuerdo y el olvido, son tratados con gran conocimiento de la causa… Además, hay que recordar que antes de ser novelista, Welty era fotógrafa, por lo que podemos comprender su obsesión por atrapar momentos plagados de descripciones... La Hija del Optimista, está repleta de escenas y personajes descritos con detalle y cuidado, en la misma naturalidad de la prosa que evoca a la sencillez, pero que poco a poco se van develando distintos matices que lo hacen ver más complejos, como en realidad somos los seres humanos… que para conocer realmente su contenido, se necesita atisbar más de una vez, con paciencia… 

Cada vez que leemos una novela, es inevitable realizar comparaciones y establecer relaciones con otros escritos que hemos leído… Debo decir que la novela de Welty me llevó a evocar en momentos a Alice Munro, en el detalles de las descripciones de situaciones cotidianas, y la nobel canadiense no ha ocultado su gran influencia en Welty, pero en el argumento, la descripción y el tratamiento del tema, me recordó a Los Muertos, uno de los cuentos de Joyce, en su recopilación titulada “Dublineses”… llevada al cine de forma magistral por John Huston… preciso el mismo que adaptó la obra de McCullers, “Reflejos en un ojo dorado”. 

Y para finalizar, si puedo sintetizar en pocas palabras el gran logro de la novela de Welty, debo decir que “describir de forma tan sencilla las complejidades de la vida y del ser humano”.


9/10



A continuación, algunos de mis fragmentos favoritos:


«Qué cargas imponemos a los moribundos», pensó Laurel ahora, mientras escuchaba cómo se derramaba la lluvia sobre el tejado: «Intentamos hallar alguna cosita que nos pueda consolar cuando ellos ya no están... Algo que resulta tan difícil de conservar como de hallar: la durabilidad de los recuerdos, la prevención contra el daño que nos puedan hacer, la autosuficiencia, los buenos deseos, la confianza en los demás.»



El misterio, pensó Laurel, no radica en lo poco que conocemos a quienes nos rodean, sino quizás en lo mucho que los conocemos realmente”.



—Juez Mac —contestó el doctor Courtland—, he conseguido que me haga este favor el doctor Kunomoto, de Houston. Ya sabe, fue mi profesor. Ahora utiliza un método más radical, y puede coger un avión y presentarse aquí pasado mañana...
—¿Para qué? —preguntó el juez—. Nate, me he decidido a salir de casa, y a abandonar mis comodidades, y a venir a este sitio, y a ponerme en tus manos por una sola razón: confío en ti. Así que demuéstrame que todavía no soy tan viejo como para haber perdido el buen juicio.
—Muy bien, señor; entonces se hará como usted quiere —dijo el doctor Courtland, levantándose. Y añadió—: Señor, ¿sabe usted que, en todo caso, esta operación no es cien por cien segura?
—Bueno, soy un optimista.
—No sabía que quedaran individuos de esa especie —dijo el doctor Courtland.
—Nunca pienses que ya lo has visto todo —se burló el juez McKelva. Respondió a la sonrisa del doctor con una carcajada que fue como el gruñido de triunfo de un viejo cascarrabias. El doctor Courtland, cogiendo las gafas que el juez sostenía en sus rodillas, amablemente se las volvió a colocar sobre la nariz.



 ¿Quieres saber por qué esta tabla del pan, ésta precisamente, me resulta tan valiosa? Te lo diré. Es porque la hizo mi marido.
—¿Que la hizo? ¿Y para qué?
—¿Tú sabes qué es hacer las cosas por amor? Mi marido la hizo para mi madre, para que tuviera una buena tabla. Phil le hizo este regalo... Fabricó la tabla con sus propias manos. Y la lijó, la pulió, la encoló, le puso el mango... Está hecha a la perfección. Mírala, está todavía tan plana como una regla. Perfectamente ensamblada... Bien apretada, cada borde...
—Me importa un bledo —dijo Fay.
Yo misma vi cómo la hacía. Era el único de la familia que tenía habilidades manuales. A su lado, nosotros éramos un hatajo de inútiles... Aunque eso era lo que nos unía y nos mantenía juntos. Cuando mi madre vio esta tabla, lo bendijo. Decía que era sólida, y preciosa, y que era perfecta para lo que necesitaba, y enseguida le encontró un lugar en su cocina.
—Pues ahora es mía —dijo Fay.
—Pero yo soy la única que puede conservarla... —dijo Laurel.
—¿Qué me estás diciendo? ¿Que te la regale?
—Me la voy a llevar a Chicago.
—¿Qué te hace pensar que te dejaré? ¿Cómo es que te has vuelto tan descarada de repente?
—¡Porque he encontrado la tabla! —gritó Laurel. La cogió con las dos manos y la apretó contra su pecho.
—¡Vaya, señorita Laurel! —dijo Fay—. ¿Qué dirían todos si te vieran ahora? ¿Estás diciendo que te la llevarías de la casa así? ¡Pero si está más sucia que un pecado!
—Creo que puedo quitarle esa suciedad.
—Bueno, si quieres despellejarte las manos...
—Las cicatrices que tiene son otra cosa... Pero al menos lo intentaré...
—Y qué vas a hacer con ella cuando la hayas arreglado? —dijo Fay en tono burlón.
—Intentaré hacer pan. Esta noche pasada, gracias a Dios, encontré la receta de mi madre... Escrita de su puño y letra...
—Pero si todo el pan sabe igual, ¿no?
—Eso es porque tú nunca probaste el pan de mi madre. Creo que yo también podría hacer un buen pan de molde... Podría intentarlo.
—Y quién se lo comería contigo? —dijo Fay.
—A Phil le encantaba el pan. Le encantaba el buen pan. Partir una rebanada de pan de molde y comerla caliente, recién sacada del horno —dijo Laurel.
Fantasmas. E irónicamente se vio a sí misma, caminando por la casa con un aire tan resuelto como Fay durante el día del funeral. Desde luego, tenían que verse... Era absurdo suponer que no se encontrarían allí cuando todo acabase. No es que a Laurel se le hubiera hecho tarde; es que Fay había venido demasiado pronto, y justo a tiempo. Porque, tal y como lo veía Laurel, hay odios que son como los amores, que se unen a nosotros y continúan con nosotros durante toda la vida. Pensó en Phil y en los kamikazes que pasaban tan cerca que se les podía dar la mano.
—¿Tu marido? Y qué tiene que ver él en esto? —preguntó Fay—. Está muerto, ¿no?
Laurel cogió la tabla del pan con las dos manos y la levantó, amenazando a Fay.
—¿Con eso me vas a golpear? Una tabla del pan vieja y sucia: ¿eso es todo lo que has podido encontrar?
Laurel sujetó la tabla con firmeza. La sostenía sobre su cabeza, pero durante un instante pareció que era la tabla lo que la sostenía a ella, en medio de una corriente de aguas turbulentas, para evitar que se hundiera donde todos los demás habían sucumbido antes.
Desde el salón llegó un débil zumbido, y entonces sonaron las doce. Laurel bajó lentamente la tabla y la sujetó a la altura del pecho, haciendo un parapeto entre ambas.
—Voy a decirte una cosa: has estado a punto de hacer el ridículo —dijo Fay—. Has estado a punto de golpearme con esa tabla. Pero no pudiste hacerlo. No sabes pelear. —Y la miró con los ojos entrecerrados—. Yo tuve toda una familia para enseñarme.
Pero, por supuesto, Laurel lo comprendió de otro modo: era Fay la que no sabía cómo luchar. Porque Fay no poseía en su interior la fuerza de la pasión o de la imaginación, y no tenía modo de apreciarla o de obtenerla de los demás. Los demás, con sus vidas, seguramente también eran invisibles para ella. Para encontrarlos, ella sólo podía arremeter contra ellos armada con sus pequeños puños y dar manotazos al azar, o escupir con aquella pequeña boca suya. No podía luchar contra una persona sensible del mismo modo que jamás podría amarla.
—Creo que infravaloras a todo el mundo —dijo Laurel.
Había estado a punto de hacerle daño a Fay. Había querido hacerle daño, y se había sentido capaz de seguir adelante. Pero así de extraños son los pensamientos: había sido el recuerdo del pequeño Wendell lo que lo había impedido.
—No sé por qué estás armando tanto escándalo. ¿Qué ves en esa tabla? —preguntó Fay.
—La historia completa, Fay. El pasado absoluto.
—¿La historia de quién? ¿El pasado de quién? Desde luego, el mío no —dijo Fay—. El pasado no es cosa mía. Yo pertenezco al futuro, ¿no lo sabías?
Y a Laurel se le ocurrió que Fay seguramente ya le estaba siendo infiel a la memoria de su padre.
—Ya sé que no tienes nada que ver con el pasado —dijo—. Ya ni siquiera puedes cambiarlo.
«Ni yo tampoco, ni yo tampoco puedo», pensó, «aunque el pasado lo había sido todo y lo había representado todo para mí. Ahora, el pasado ya no puede ayudarme ni hacerme daño, no más que mi padre en su ataúd. El pasado es como él, insensible, y jamás podrá despertar. Es el recuerdo lo que actúa como un sonámbulo. Regresará con sus heridas abiertas desde cualquier rincón del mundo, como Phil, llamándonos por nuestros nombres y exigiéndonos esas lágrimas a las que tienen derecho. El recuerdo no será nunca insensible. Al recuerdo sí se le pueden infligir heridas, una y otra vez. En ello puede residir su victoria final. Pero del mismo modo que el recuerdo es vulnerable en el presente, también vive en nosotros, y mientras vive, y mientras tengamos fuerzas, podremos honrarlo y darle el trato que merece.»
Desde el exterior, en la puerta principal, se escuchó el ruido de un coche que se acercaba y el sonido de la bocina de las damas de honor.
—Llévatela —dijo Fay—. Así tendré una cosa menos que tirar.
—No importa —dijo Laurel, apoyando la tabla del pan en la mesa—. Creo que podré sobrevivir sin ella.
Los recuerdos no viven en un objeto concreto, sino en las manos libres, perdonadas y liberadas, y en el corazón que puede vaciarse y llenarse de nuevo; en los motivos renovados por los sueños.
Laurel pasó junto a Fay, avanzó hacia el vestíbulo y cogió su abrigo y su bolso. Missouri llegó corriendo por el porche justo a tiempo para entregarle la maleta. Laurel la cogió rápidamente, bajó deprisa los peldaños y fue hacia el coche, donde la esperaban las damas de honor, sujetando la puerta abierta para que entrara, y apremiándola con impaciencia.


lunes, 13 de octubre de 2014

La Balada del Café Triste (Carson McCullers)

Carson McCullers



Hace poco leí por primera vez este libro en el Club de Lectura donde asisto, dentro de un ciclo que le dedicamos a las Grandes Damas del Sur de la Literatura Norteamericana. Y ha sido toda una sorpresa repasar y descubrir la literatura de estas mujeres que escribieron y reflejaron sin edulcorantes la realidad en el sur de los Estados Unidos, y lo que ocurría tanto en el exterior como en el interior de las personas, o mujeres como ellas.

El libro de McCullers, es una excelente novela corta. Muy simbólica, donde la autora brilla por la ambientación, la atmósfera y la creación de personajes memorables, complejos y profundos. En un triángulo amoroso, donde las figuras del amante y del amado cambian y se intercalan entre ellos. Los personajes y sus estados de ánimo cambian y se desarrollan al compás del entorno y los mismos objetos que parecen cobrar vida en este micro universo, que se desarrolla en ese pequeño pueblo del sur.

Miss Amelia, una mujer particular, independiente y trabajadora, la mujer más pudiente y productiva del pueblo, vive en su estricta rutina bajo la mirada de los habitantes del pueblo que recurren a ella, ya sea para comprar su licor, que ella misma produce, o para consultas médicas… Un día, un enano llega al pueblo y remueve todo, incluso hasta la vida de Miss Amelia que lo acoge como un familiar, descubriendo el afecto y los sentimientos escondidos de su interior, y así todos por un momento disfrutan de un ambiente acogedor. Pero, un día llega Marvin, ex esposo de Miss Amelia, que acaba de salir de la cárcel, para volver a remover la vida de la mujer, del enano y de todo el pueblo. 

McCullers fue una de las primeras escritoras en tratar temas vedados en la época, como el racismo y la homosexualidad, quizás un poco latente en el jorobado, pero mejor desplegado en su otra novela, Reflejo de un Ojo Dorado.

Hay escenas y pasajes muy bellos. Que compartiré en unos fragmentos al final del texto. La brevedad y la precisión de la prosa, lo dramático, lo irónico y lo cómico... Todo se amolda perfectamente en el desarrollo de esta historia.

Y finalmente, en la parte de lo simbólico, la tan discutida y comentada escena de los 12 hombres, tras la tragedia personal y emocional de Misa Amalia... Se ha dicho que simbolizan a los 12 apóstoles, la humanidad, e incluso al mismo amor, tan protagonista de la historia, que une y amarra a los hombres, que no los libera, sino que los esclaviza por sus partes más débiles...

Quizás esa es la misma la imagen que tenía la misma autora sobre el amor, que se hace visible y patente en sus otras historias. Sin dudas una gran obra, que goza de una excelente adaptación cinematográfica, que también tuvimos oportunidad de ver en el Club de Lectura, dirigida por Simon Callow, y protagonizada por la gran Vanessa Redgrave, Keith Carradine y Rod Steiger.  


9/10


A continuación comparto un fragmento donde la propia Carson McCullers en su autobiografía De Iluminación y fulgor nocturno explica el origen de esta novela, y así habla del jorobado y de la giganta: 

«La calle Sand de Brooklyn siempre me trajo dulces recuerdos, impregnada como estaba de las memorias de Walt Whitman y Hart Grane, y fue en un bar de la calle Sand, en compañía de W H. Auden y de George Davis, donde vi a una pareja extraordinaria, que me fascinó. Entre los parroquianos había una mujer alta y fuerte como una giganta, y, pegado a sus talones, un jorobadito. Los observé una sola vez, pero fue al cabo de unas semanas cuando tuve la iluminación de La balada del café triste. ¿Cuál es el origen de una iluminación? En mi caso, llegan después de horas de búsqueda y de preparación anímica. Pero llegan como un relámpago, como un fenómeno religioso. [...] La bendita luz de La balada del café triste hizo que me pusiera de nuevo a escribir. Volví a casa, a Georgia, a fin de evitar las distracciones. A mi madre le resultaba muy difícil entender esa añoranza mía. "Tienes los amigos más prestigiosos y tú sólo deseas estar aquí, pegada a tu padre y a mí." [...] Estaba escribiendo Frankie y la boda cuando, de golpe, me acordé del jorobado y la giganta. [...] Fue un verano tórrido y recuerdo el sudor que corría por mi cara mientras escribía a máquina, preocupada porque había roto mi compromiso con Frankie y la boda para escribir esta novela corta. Cuando terminé, arranqué la última página de la máquina de escribir, y di la novela a mis padres. Caminé varios kilómetros mientras ellos leían y cuando regresé pude ver en sus caras que les había gustado. Fue siempre la obra favorita de mi padre”.


Y ahora, los dejo con fragmentos del libro. Todos fascinantes, como toda la obra en general:

"Ante todo, el amor es una experiencia compartida por dos personas, pero esto no quiere decir que la experiencia sea la misma para las dos personas interesadas. Hay el amante y el amado, pero estos dos proceden de regiones distintas. Muchas veces la persona amada es sólo un estímulo para todo el amor dormido que se ha ido acumulando desde hace tiempo en el corazón del amante. Y de un modo u otro todo amante lo sabe. Siente en su alma que su amor es algo solitario. Conoce una nueva y extraña soledad, y este conocimiento le hace sufrir. Así que el amante apenas puede hacer una cosa: cobijar su amor en su corazón lo mejor posible; debe crearse un mundo interior completamente nuevo, un mundo intenso y extraño, completo en sí mismo. Y hay que añadir que este amante no tiene que ser necesariamente un joven que esté ahorrando para comprar un anillo de boda: este amante puede ser hombre, mujer, niño; en efecto, cualquier criatura humana sobre esta tierra. Pues bien, el amado también puede pertenecer a cualquier categoría. La persona más estrafalaria puede ser un estímulo para el amor. Un hombre puede ser un bisabuelo chocho y seguir amando a una muchacha desconocida que vio una tarde en las calles de Cheehaw dos décadas atrás. Un predicador puede amar a una mujer de la vida. El amado puede ser traicionero, astuto o tener malas costumbres. Sí, y el amante puede verlo tan claramente como los demás, pero sin que ello afecte en absoluto la evolución de su amor. La persona más mediocre puede ser objeto de un amor turbulento, extravagante y hermoso como los lirios venenosos de la ciénaga. Un buen hombre puede ser el estímulo para un amor violento y degradado, y un loco tartamudo puede despertar en el alma de alguien un cariño tierno y sencillo. Por lo tanto, el valor y la calidad del amor están determinados únicamente por el propio amante. Por este motivo, la mayoría de nosotros preferimos amar que ser amados. Casi todo el mundo quiere ser el amante. Y la verdad a secas es que de un modo profundamente secreto, la condición de ser amado es, para muchos, intolerable. El amado teme y odia al amante, y con toda la razón. Pues el amante está tratando continuamente de desnudar al amado. El amante implora cualquier posible relación con el amado, incluso si esta experiencia sólo puede causarle dolor".

(...) 
"La bebida de la señorita Amelia tiene una cualidad especial. Se nota limpia y fuerte en la lengua, pero una vez dentro de uno irradia un calor agradable durante mucho tiempo. Y eso no es todo. Como es sabido, si se escribe un mensaje con jugo de limón en una hoja de papel, no quedan señas de él. Pero si se pone el papel un momento delante del fuego, las letras se vuelven marrones y se puede leer lo que contiene. Imaginen que el whisky es el fuego y que el mensaje es lo más recóndito del alma de un hombre: sólo así se comprende lo que vale la bebida de la señorita Amelia. Cosas que han pasado inadvertidas, pensamientos ocultos en la profunda oscuridad de la mente, de pronto son reconocidos y comprendidos. Un obrero textil que no piensa más que en telar, en la fresquera, en la cama y vuelta al telar; este obrero bebe unas copas el domingo y se tropieza con un lirio de la ciénaga. Y toma esta flor y la pone en la palma de su mano, examina el delicado cáliz de oro y de pronto le invade una dulzura tan intensa como un dolor. Y ese obrero levanta de pronto la mirada y ve por primera vez el frío y misterioso resplandor del cielo de una noche de enero, y un profundo terror ante su propia pequeñez le oprime el corazón. Cosas como éstas son las que ocurren cuando uno ha tomado la bebida de la señorita Amelia. Uno podrá sufrir o podrá consumirse de alegría, pero la experiencia le habrá mostrado la verdad; habrá calentado su alma y habrá visto el mensaje que se ocultaba en ella".

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"La verdadera historia de amor es la que tiene lugar en el corazón de los amantes, y ésta nadie sino ellos pueden llegar a conocerla. El amor en todo caso es una experiencia en la que siempre conviven lo cómico y lo sublime. "

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"Cuando se ha vivido alguna vez con otra persona, es un tormento tener que vivir solos. El silencio de una habitación donde arde el fuego, cuando de pronto se para el tictac del reloj; las sombras obsesionantes de una casa vacía... es preferible caer en manos de nuestro peor enemigo que enfrentarnos con el terror de vivir a solas".

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"Siempre había un montón de gente esperando junto a un molino; pero en las casas no tenían casi nunca carne suficiente, ni vestidos, ni tocino. La vida llegaba a convertirse en una larga y turbia rebatiña, sólo para conseguir lo necesario para mantenerse vivos. Lo más desconcertante es que todas las cosas útiles tienen un precio y se compran sólo con dinero, y que así es como está organizado el mundo. Sin tener que pararse a pensar, ya sabe uno cuál es el precio de una bala de algodón o de un cuartillo de melaza. Pero a la vida de un hombre no se le ha puesto precio: nos la dan de balde y nos la quitan sin pagárnosla. ¿Qué valor puede tener? Si se pone uno a considerar, hay momentos en que parece que la vida tiene muy poco valor, o que no tiene ninguno. Cuántas veces, después de haber estado uno sudando, y esforzándose, y las cosas no se le arreglan, se le mete a uno en el fondo del alma el sentimiento de que no vale gran cosa."