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martes, 27 de marzo de 2012

Moonbot Studios: ¿La nueva Pixar?


¿Monnbot Studios?, tal vez nos resulte muy extraño el nombre de este estudio, sobre todo al compararse con Pixar. Pero para ponernos en sintonía, sólo hay que remitirse a la última edición de los Premios Oscar, específicamente en la categoría de “Cortometrajes Animados”. En esta categoría la ganadora fue “The Fantastic Flying Books of Mr. Morris Lessmore”, un bello corto que hace un pequeño homenaje a los libros. Este corto es uno de los primeros productos y creaciones de Moonbot Studios.

¿Y por qué se dice que puede ser la próxima Pixar?, pues hay muchas relaciones con Pixar. Inicialmente, que el corto venció en una categoría donde Pixar ha tenido últimamente bastante participación. Y sobre todo porque el creador de estos nuevos estudios fue empleado de Pixar en sus inicios. Así es, en sus inicios. Ayudó a diseñar a Woody y Buzz, y los otros personajes de Toy Story, que sería el primer filme de Pixar.

William Joyce, el creador de Moonbot Studios, y su equipo de trabajo, iniciaron labores en el 2009 en la ciudad natal de Joyce Shreveport, Louisiana. En gran parte, por un incentivo fiscal local que les permitió a los fundadores formar el equipo rápidamente, y una fundación tecnológica local les construyó un lugar de trabajo de forma gratuita. En donde empezaron a trabajar y centrarse en sus proyectos prioritarios, lejos de Hollywood. Y fue allí en dónde nació la idea del cortometraje, que además se ha convertido en la marca personal del estudio. El personaje de Morris Lessmore inspirado y muy parecido al actor, guionista y director de cine mudo Buster Keaton (busquen una foto de Keaton para que comparen).



A Joyce se le ha preguntado debido a su reciente éxito, sobre la posibilidad de que su estudio sea el próximo Pixar, y él no hace caso a comentarios anticipados. Pero cuenta que él estaba en Pixar, cuando la empresa estaba aún empezando y era pequeña. Y menciona una frase de uno de los directores de una de las películas de Pixar en dónde trabajó: “Lo pequeño es el futuro”. Y dice que se preocupará después de contratar al empleado número 100.

El trabajo de Moonbot Studios, como podemos apreciar en su corto, combina el uso de miniaturas con técnicas de computación animadas. Pero en lo realmente innovador que está incursionando la compañía, es en un proyecto que nació luego de su cortometraje. La historia de Mr. Morris Lessmore se convertirá en un libro. Así es, casi todo lo contrario a lo que estamos acostumbrados a ver, que son adaptaciones de libros. Pero no va a ser un simple libro, será una aplicación nueva del Ipad, en donde se combinará en el mismo libro, la animación y un juego. Será el primer libro interactivo para el naciente estudio. Y la propuesta es trasladar la experiencia del cortometraje a los mismos lectores, como explican el mismo estudio: “en esta reinvención de la narrativa digital se puede reparar libros, caer en una tormenta, aprender piano e incluso “perder en un libro” (haciendo referencia al juego), volando a través de un mundo mágico de palabras, dándole un viaje dinámico a través de la historia. Ya está a la venta la aplicación para el Ipad.

Estaremos pendiente de los próximos pasos de Moonbot Studios.

Para terminar, nuevamente el enlace para ver el cortometraje:


The Fantastic Flying Books of Mr. Morris Lessmore



Google Chrome supera a Internet Explorer como navegador más popular


Ya creo, que desde hace un tiempo hemos venido utilizando más Chrome que Explorer, incluso que Firefox. En los datos que se recogen de las visitas al Blog, muestran esos resultados, cada día muchos más usan Chrome. Allí comparto la noticia:


Chrome fue la herramienta más usada para acceder a los contenidos de Internet el pasado domingo 18 de marzo, cuando un 32,7 % de los internautas se decantó por ese sistema frente a un 32,5 % que recurrió a IE

EFE.- Google Chrome se convirtió por primera vez, aunque de forma esporádica, en el navegador más usado de Internet por delante del omnipresente Internet Explorer (IE) de Microsoft, informó hoy la empresa de análisis en la web StatCounter.

Chrome fue la herramienta más usada para acceder a los contenidos de Internet el pasado domingo 18 de marzo, cuando un 32,7 % de los internautas se decantó por ese sistema frente a un 32,5 % que recurrió a IE

Un 24,8 % eligió Firefox como su navegador esa misma jornada, un 7,1 % Safari y menos de un 2 % Opera.

Los datos elaborados por la división estadística de StatCounter suponen un hito para Chrome y son consecuencia de un uso cada vez mayor del navegador de Google durante los fines de semana.

"Si Chrome puede llegar a tomar la delantera en las guerras de los navegadores a largo plazo todavía está por ver, sin embargo la tendencia hacia el uso de Chrome durante los fines de semana es innegable. Cuando la gente es libre de elegir su navegador muchos seleccionan Chrome frente a IE", dijo Aodhan Cullen, consejero delegado de StatCounter.

IE es el navegador que viene instalado por defecto en los ordenadores con sistema operativo Windows, la mayoría de los existentes en el mercado.

Durante 2011, un 41,7 % de los usuarios de Internet accedió a la red a través de IE, un 27,6 % con Firefox y Chrome quedó relegado en esa media anual realizada con datos de StatCounter a un tercer lugar con un 22,5 %.

El 18 de marzo pasado Chrome fue el navegador preferido en India, Rusia y Brasil, si bien la herramienta de Google aún no convence en territorios como China, Estados Unidos y Alemania.

Los análisis de StatCounter se basan en datos recogidos de más de 15.000 millones de visitas a páginas web mensuales.


Fuente


domingo, 25 de marzo de 2012

Los Juegos del Hambre (The Hunger Games), de Gary Ross


Desde que se anunció la adaptación cinematográfica de los libros de Suzanne Collins, mantuve una gran expectativa por verla en imágenes. Leí los libros hace unos años, y me gustaron mucho. El primero, que son los Juegos del Hambre, me interesó por mezclar varios elementos, como un mundo “post-apocalíptico” o “post-rebelión”, donde se mezcla: política, violencia, romance, entre otros temas. Me recordó bastante a una novela que adoro, como es “1984”, además de otras influencias. En síntesis, una historia juvenil comercial y convencional de fondo, pero nutrida de varios elementos que permiten sacarla de ese grupo y aderezarla con toques de realidad y crítica social.

Ya entrando en materia con el filme, esta ocasión es dirigida por Gary Ross, un director que no tiene muchas películas en su portafolio, solamente dos, entre ellas “Seabiscuit”. También ejerce de guionista junto con la escritora Collins. Nos cuentan la historia ambientada en una época futurista, en donde lo que conocemos como los Estados Unidos, será conocido como el Panem. En esta zona, el gobierno y control es ejercido por el “Capitolio”. El Capitolio ha dividido la zona en 12 distritos, cada uno de ellos especializados en producir distintos productos y materias primas con que aportan al capitolio. Los primeros distritos son los privilegiados por su cercanía al capitolio, mientras los últimos son los más marginados. Pero todos los distritos están bajo control del capitolio. Y para recordarle a cada una de las personas anualmente quien tiene el control, el capitolio se inventó “Los Juegos del Hambre”. Unos “juegos” anuales televisados masivamente, en donde cada uno de los distritos tiene que escoger a un chico y una chica para representar a su distrito en los juegos, en donde luego tendrán que enfrentarse entre ellos, y matarse hasta que solamente quedé uno solo que será el ganador de los juegos. Los juegos son un mecanismo de control social para recordarles a las personas quienes tienen el poder, y evitar rebeliones. Como pasó la última vez…

Sin comentar nada más sobre el argumento, la película en los primeros minutos me tenía preocupado, porque no me había conectado con el filme, pero afortunadamente en poco tiempo empezaron a mejorar las cosas. Hay que tener en cuenta que la película no tuvo mucho presupuesto para hacer una mega producción, pero utilizaron bien el dinero. Me gustó la adaptación en la parte del argumento, porque creo que acomodaron bien la historia para atrapar nuevos admiradores (aquellos que no han leído la obra), y por otra parte entretener a los que ya la habían leído. En este punto, es entendible que algunas cosas no salieron, y otras (muy pocas) que no ocurrieron en el libro, fueron anexadas. Desde ese punto, me pareció una adaptación acertada. Y en no olvidar momentos importantes. Además, que la duración de la película (142 minutos), permitieron que se tratará de ser lo más fiel posible.

Me gustó que se detuvieran en esa primera parte, en donde es la selección y preparación de los “tributos”. Temía que cortaran alguna parte de esos fragmentos que son muy importantes. Pero creo que lo manejaron bien, porque esa es la base de la historia, y de las próximas entregas, que viendo los buenos resultados en taquilla, es seguro que serán adaptados también. Y la segunda parte, los juegos, también me gustó el trato que se hizo y cómo se manejó, la tensión, los momentos tristes, los románticos. Aunque confieso que me faltó más en las luchas, y hay que decir la violencia. Que claramente fue “manipulada” para que no restringieran el público para ver la película. Eso es entendible, pero trataron de hacer lo posible.

En cuanto a la dirección, debo decir que es aceptable y un poco menos que correcta. Algunos movimientos de cámara (sobre todo en las escenas de acción) son indescifrables y marean un poco (tal vez por lo mismo de la censura). Además de otros detalles en donde se pudo arriesgar mucho más y ser más creativo.

En cuanto al elenco, las interpretaciones en general son aceptables, siendo los personajes principales los más correctos, sobre todo Jennifer Lawrence, que ya ha demostrado que es una muy buena actriz. Pero hay otros personajes (como dos) que no me cuadraron mucho, o no llenaron completamente el papel, siendo uno de ellos Kravitz. Desde que se confirmo que haría el papel de Cinna, no lo podía creer. En fin…

En síntesis, debo decir que es una sobresaliente primera adaptación de la primera parte de la trilogía, es totalmente efectista y no pierde totalmente su contraparte. Espero que para la segunda parte de la trilogía “En Llamas”, que es una secuela muy buena y con mucha más acción, que con lo recaudado en esta primera parte se invierta más en la producción, también posiblemente un cambio de director, bajar la censura, y explotar mucho más el filme. En serio, se puede tener una memorable secuela si se hace bien. Pero a pesar de todo, me quedo con lo que me gustó de esta primera parte, la consolidación de la base de la historia, y lo anteriormente mencionado. Muy recomendada a seguidores y no seguidores de la historia de Collins. Y obviamente mucho mejor que algunas de las sagas que andan por allí, afortunadamente ya acabándose. No menciono nombres…

6.5/10

Trailer de Los Juegos del Hambre





viernes, 23 de marzo de 2012

Grandes Frases y Diálogos del Cine para el Recuerdo (Nuevo Blog)



Hola a todos, los invito a visitar un nuevo pequeño proyecto de Blog que tenía hace tiempo. Desde hace tiempo tenía algunas frases del cine con sus imágenes en una presentación en diapositivas, y decidí pasarla a un blog dedicado solamente a frases de cine. Tengo algunas de películas de distintas épocas, y las últimas son de películas recientes del año pasado. La idea es ir alterando los comentarios de las películas que vea, y en este blog poner alguna frase que me haya gustado de cada una. Y en el tiempo también ir poniendo otras frases significativas de otras películas, ya que me faltan muchísimas.

Que lo disfruten!!!


Aquí les dejo el Link:

Grandes Frases y Diálogos del Cine para el Recuerdo


Almacén de Antigüedades (Charles Dickens)


Cuando estamos a poco tiempo de haber celebrado el bicentenario del nacimiento del gran escritor Charles Dickens. Lo recordamos nuevamente con la cuarta novela publicada por Dickens: El Almacén o la Tienda de Antigüedades.

En 1841, cuando ya Dickens era un escritor consagrado publicó esta novela. Como en la gran mayoría de los libros de Dickens, este también refleja parte de su propia vida. Si leemos su biografía (que es muy interesante, ya por sí misma una novela), y luego comparamos con sus libros, encontraremos muchas influencias y relaciones. Por ejemplo, uno de los patrones que más se repite, es el del niño o niña (en este caso), y también el del adulto mayor con vicios y problemas. Ambos claras figuras de su niñez, el de él mismo y su padre. La difícil vida que tuvo Dickens de pequeño fue la gran inspiración que se encargó de plasmar en sus historias; quién mejor que él podría describir la vida en la pobreza extrema. En esa época donde había enormes contrastes sociales y la mortalidad infantil estaba en niveles muy altos.

Precisamente cuando Dickens empezó su vida de escritor, se propuso inicialmente mostrar la realidad de lo que había vivido y realizar una crítica social en cada uno de sus escritos. Luego alcanzó gran popularidad y fama, en donde era recibido en otros países como un rey. Y se convirtió en lo que hoy llamaríamos un escritor “Best Seller”. Todo lo que escribía se vendía.

En esta novela, Dickens narra la historia de la joven Nell y su abuelo, propietario de una tienda de antigüedades. Estos se ven obligados a abandonar su hogar por culpa de un malvado usurero: Quilp. En el transcurso de la historia observaremos las complicaciones y desventuras que vivirán Nell y su abuelo, en su búsqueda de la “libertad”.

Como en la mayoría de sus novelas, aquí también hay un marcado maniqueísmo, la necesidad de separar los personajes entre buenos y malos. Aunque en esta historia tenemos un personaje que no tiene una tendencia marcada, y que pueda oscilar entre los dos bandos. Otra diferencia con sus otras novelas, es que esta es una tragedia, por lo tanto no debería sorprender el final.

Uno de los mayores logros de la obra y de la obra general de Dickens es su prosa hipnótica, ambientada de descripciones precisas, con sutileza, sensibilidad y al mismo tiempo crudeza. Igualmente la caracterización de los personajes, son muy reales.

Después de leer la obra, busqué información sobre la obra, y me impresionó el hecho de saber que había sido una novela por correspondencia, escrita por partes. Resulta que Dickens escribía la historia por capítulos, los cuales eran publicados en su periódico, y estos eran esperados con mucha ansia por sus seguidores en los puertos. Cuando leí esa parte, pude apreciar un poco más la obra. Porque Dickens supo mantener un buen hilo conductor en su obra, sin perderse, a pesar de que algunas situaciones si parezcan un poco “alargadas”. Esto lo comprendí mejor, cuando me enteré de que había sido una historia publicada por partes, en un tiempo de un año (1840-1841).

No pude evitar imaginarme ese escenario, en donde cada capítulo era una historia, y para saber la continuación tenía que esperar un tiempo, y lo esperaba ansioso en un puerto, esperando que llegara el barco. Esa imagen me pareció increíble. Y es muy notable que Dickens haya creado una muy buena obra, a partir de una historia contada por partes.

En síntesis, es una obra entrañable y recomendable para recordar a uno de los más grandes escritores de la literatura universal.


Ausencia y Vacío (A.S.B)


Este texto es el primero de una serie que se llamará: “Escritos Bipolares” o “Naturaleza Bipolar” o “Versos Bipolares”.



Ausencia y Vacío


Sentí ausencia, cuando me encontraba solo en mi cuarto

Sentí vacío, cuando supe que no contestarías más el teléfono

Sentí ausencia, cuando mi piel no sentía el roce de tu cuerpo

Y sentí vacío, cuando el insomnio empezó a reemplazarte en la cama.

Ausencia y vacío, Vacío y ausencia,

No sé cual es peor,

Si esa, en donde mis recuerdos proyectan la simbiosis de nuestro cuerpos,

O esa, en donde mi voluntad cae vencida al enfrentarse a la realidad.


Entonces, busco la compañía de un esfero y un pedazo de papel, y escribo:

Acostado en mi cama, esa fiel amiga,

Recuerdo cuando fui a tu casa, esa morada de ratas,

Y te encontré en la cocina, esa maldita cocina,

Con ese hombre que llevaba mi sangre, ese desgraciado Caín.

Luego vi ese objeto filoso, mi último cómplice y amigo,

Y bailamos juntos haciendo un trío.

Desde entonces sólo recuerdo, un hermoso color rojo que invadía esa maldita cocina,

Desde entonces, desde entonces,

Ausencia y Vacío.

(A.S.B)


miércoles, 14 de marzo de 2012

Mis Creencias (Albert Einstein)


En forma de homenaje para celebrar la fecha de nacimiento de Albert Einstein (1879). Un fragmento de uno de sus textos titulado "Mis Creencias".


Fragmento.

Ciencia y religión

I

En el transcurso del siglo pasado y parte del anterior se sostuvo de manera generalizada que existía un conflicto insalvable entre la ciencia y la fe. La opinión que predominaba entre las personas de ideas

avanzadas afirmaba que había llegado la hora de que el conocimiento, la ciencia, reemplazase a la fe; toda creencia que no se apoyara en el conocimiento era superstición y, como tal debía ser combatida. De

acuerdo con esta concepción, la educación tenía como única función abrir el camino al pensar y al conocer, y la escuela, como instrumento decisivo de la instrucción del pueblo, debía servir sólo a este fin.

Sin duda es difícil hallar, si se la encuentra, una exposición tan simple del punto de vista racionalista; toda persona sensata puede ver en efecto lo unilateral de esta exposición. Sin embargo también es aconsejable exponer una tesis nítida y concisa si se quieren aclararlas ideas respecto a la naturaleza de este problema.

Por supuesto que el mejor medio de defender cualquier convicción es fundarla en la experiencia y en el razonamiento. Tenemos que aceptar en este caso el racionalismo extremo. El punto débil de esta concepción resulta, empero, que esas ideas que son inevitables y determinan nuestra conducta y nuestros juicios no pueden basarse sólo en este único procedimiento científico.

En efecto, el método científico no puede mostrarnos más que cómo se relacionan los hechos entre sí y cómo se condicionan mutuamente. El deseo de alcanzar este conocimiento objetivo pertenece a la máxima exigencia de que es capaz el hombre, y pienso, por cierto, que nadie sospechará que intente reducir los triunfos y las luchas heroicas del hombre en este ámbito. Sin embargo, es manifiesto también que el conocimiento de lo que es no da acceso directo a lo que debería ser. Se puede tener el conocimiento más claro y completo de lo que es, y no lograr, en efecto, deducir de ello lo que debería ser la finalidad de nuestras aspiraciones humanas. El conocimiento objetivo nos proporciona poderosos instrumentos para conseguir ciertos fines, pero el objetivo último en sí y el propósito de alcanzarlo deben venir de otra fuente. No creo que sea necesario siquiera defender la tesis de que nuestra existencia y nuestra actividad sólo asumen sentido por la prosecución de un objetivo tal y los valores correspondientes. El conocimiento de la verdad como tal es admirable, mas su utilidad como guía es tan escasa que no es posible demostrar ni la justificación ni el valor de la aspiración hacia ese mismo conocimiento de la verdad. Por consiguiente, nos enfrentamos aquí con los límites de la concepción puramente racional de nuestra existencia.

Sin embargo, no debe suponerse que el pensamiento inteligente no desempeñe algún papel en la formación de lo objetivo y de los juicios éticos. Cuando se comprende que ciertos medios serían útiles para la consecución de un fin, los medios en sí se convierten entonces en un fin. La inteligencia nos aclara la interrelación entre medios y fines. Empero, el simple pensamiento no es capaz de proporcionarnos un sentido de los fines últimos y fundamentales. Penetrar estos fines y estas valoraciones esenciales e introducirlos en la vida emotiva de los individuos, me parece, de manera concreta, la función más importante de la religión en la vida social del hombre. Y si nos preguntamos de dónde se deriva la autoridad de tales fines esenciales, puesto que no pueden fundarse y justificarse en la razón, sólo diremos: son, en una sociedad sana, tradiciones poderosas, que influyen en la conducta, en las aspiraciones y en los juicios de los individuos. Esto es, están allí como algo vivo, sin que resulte indispensable buscar una justificación de su existencia. Adquieren fuerza no mediante la demostración sino de la revelación, a través de personalidades vigorosas. No es posible tratar de justificarlas, sino captar su naturaleza de modo simple y claro.

Los más elevados principios de nuestras aspiraciones y juicios nos los proporciona la tradición religiosa judeocristiana. Es un objetivo muy digno que, con nuestras débiles fuerzas, sólo logramos alcanzar muy pobremente, si bien proporciona una base segura a nuestras aspiraciones y valoraciones. Si se separa este objetivo de su forma religiosa y se examina en su mero aspecto humano, tal vez sea posible exponerlo así: Desarrollo libre y responsable del individuo, de modo que logre poner sus cualidades, con libertad y alegría al servicio de toda la humanidad.

No se intenta divinizar a una nación, a una clase ni tampoco a un individuo. ¿No somos todos hijos de un padre, tal como se dice en el lenguaje religioso? En verdad, tampoco correspondería al espíritu de este ideal la divinización del género humano, como una totalidad abstracta. Sólo tiene alma el individuo. Y el fin superior del individuo es servir más que regir, o superarse de cualquier otro modo.

Si se examina la sustancia y se olvida la forma, pueden considerarse además estas palabras, como expresión de la actitud democrática esencial. El verdadero demócrata, igual que el hombre religioso, no puede adorar a su nación en el sentido corriente del término. ¿Cuál es, pues, en este problema, la función de la educación y de la escuela? Debería ayudarse al joven a formarse en un espíritu tal que esos principios esenciales fuesen para él como el aire que respira. Sólo la educación puede lograr este propósito. Si se tienen estos elevados principios claramente a la vista, y se los compara con la vida y el espíritu de la época, se comprueba con pena que la humanidad civilizada se halla en la actualidad en un grave peligro. En los estados totalitarios los propios dirigentes se esfuerzan por destruir este espíritu de humanidad. En las zonas menos amenazadas son el nacionalismo y la intolerancia, la opresión de los individuos por medios económicos los que pretenden asfixiar esas valiosísimas tradiciones.

La conciencia de la gravedad de esta amenaza crece, sin embargo, entre los intelectuales, y se buscan con afán los medios para contrarrestar el peligro . . . tanto en el dominio de la política nacional e internacional como en el de la legislación o de la organización en general. Tales esfuerzos son, por cierto, indispensables. Los antiguos, sin embargo, sabían algo que al parecer nosotros hemos olvidado. Todos los medios resultan instrumentos inútiles si tras ellos no alienta un espíritu vivo. Mas si el designio de lograr el objetivo actúa poderosamente dentro de nosotros, no nos han de faltar fuerzas para encontrar los medios que conviertan ese objetivo en realidad.

II

No resultaría difícil concordar en cuanto a lo que entendemos por ciencia. Ciencia es la tarea, secular ya, de agrupar, mediante el pensamiento sistemático, los fenómenos perceptibles de este mundo dentro de una asociación lo más amplia posible. De manera esquemática es intentar una reconstrucción posterior de la existencia a través del proceso de conceptualización. Pero si me pregunto qué es la religión no logro encontrar una respuesta adecuada. Y hasta después de hallar la que consiga satisfacerme en ese momento concreto, sigo convencido de que nunca podré, de ningún modo, unificar, aunque sea en parte, los pensamientos de todos los que han brindado una consideración seria a esta cuestión.

Así, pues, en lugar de plantear qué es la religión, preferiría elucidar lo que caracteriza las aspiraciones de una persona que a mí me parece religiosa: esta persona es la religiosamente ilustrada, la que se ha liberado, en la medida máxima de su capacidad, de las trabas de los deseos egoístas y se entrega a pensamientos, sentimientos y aspiraciones a los que se adhiere por el valor suprapersonal que poseen. Creo que lo importante es la fuerza de este contenido suprapersonal y la profundidad de la convicción relacionada con su irresistible significado, independientemente de toda tentativa de unir ese contenido con un ser divino, ya que de otro modo no se podría concluir a Buda y a Spinoza entre las personalidades religiosas. Por consiguiente, una persona religiosa es devota en tanto no tiene duda alguna de la significación y elevación de aquellos objetos y fines suprasensibles que no requieren un fundamento racional ni son susceptibles de él. Existen de la misma manera inevitable y natural con que se da el individuo. La religión es así el viejo intento humano de alcanzar clara y completa conciencia de esos objetivos y valores y fortalecer y ampliar de continuo su efecto.

Si se concibe la religión y la ciencia según lo dicho, resulta imposible un conflicto entre ellas. Pues la ciencia sólo puede afirmar lo que es, mas no lo que debiera ser, y fuera de su ámbito son necesarios juicios de valor de todo tipo. La religión, por lo demás, enfoca sólo valoraciones de pensamientos y acciones humanos: no puede hablar, esto es claro, de datos y relaciones entre datos. De acuerdo con esta interpretación, los conocidos conflictos entre religión y ciencia del pasado, deben atribuirse, sin duda, a una concepción errónea de la situación que se ha descrito. Nace, por ejemplo, un conflicto cuando una comunidad religiosa insiste en la veracidad absoluta de todas las afirmaciones contenidas en la Biblia. Esto significa la intromisión, de la religión en la esfera de la ciencia; aquí tenemos, pues, que situar la lucha de la Iglesia contra las doctrinas de Galileo y Darwin. Además, algunos representantes de la ciencia han pretendido llegar a juicios esenciales sobre valores y fines con la base del método científico, y se han enfrentado con la religión.

Todos esos conflictos han originado errores fatales. Empero, aunque los dominios de la religión y de la ciencia se hallan en sí mismos muy diferenciados, existen entre ambos relaciones y dependencias mutuas. Si bien la religión puede ser la que determine el objetivo, sabe, en efecto, a través de la ciencia, en el sentido más amplio, qué medios contribuirán al logro de los objetivos diseñados. Mas la ciencia sólo pueden crearla quienes de manera profunda están imbuidos de un deseo ferviente de alcanzar la verdad y de comprender las cosas. Y este sentimiento surge, por supuesto, de la esfera de la religión. Asimismo pertenece a ella la fe en la posibilidad de que las normas válidas para el mundo de la existencia sean racionales, es decir, comprensibles mediante la razón. No puede imaginar que exista un solo científico sin esta arraigada fe. La situación puede expresarse con una imagen. La ciencia sin religión es coja; la religión sin ciencia ciega.

Aun cuando he dicho antes que no puede existir por cierto verdadero conflicto entre la religión y la ciencia, debo matizar, pues, tal afirmación, de nuevo, en un punto esencial, en lo que respecta al contenido real de las relaciones históricas. Esta diferenciación se refiere al concepto de Dios. Durante la etapa primitiva de la evolución espiritual del género humano, la fantasía de los hombres creó dioses a su propia imagen que con su voluntad parecían determinar el mundo de los fenómenos, o que hasta cierto punto influían en él. El hombre intentaba atraerse la voluntad de estos dioses en su favor a través de la magia y la oración. La idea de Dios dé las religiones que se enseña hoy es una sublimación de ese antiguo concepto de los dioses. Su carácter antropomórfico lo muestra, por ejemplo, la circunstancia de que los hombres apelen al ser divino con oraciones y súplicas para obtener sus deseos.

No se negará, sin duda, que la idea de que exista un dios personal omnipotente, justo y misericordioso proporciona al hombre solaz, ayuda y guía, y además, en virtud de su sencillez, resulta accesible hasta para las inteligencias menos desarrolladas. Por otra parte, sin embargo, esta idea incluye una falla básica, que el hombre ha percibido de manera dolorosa desde el fondo de la historia. Vale decir, si este ser es omnipotente, todo acontecimiento, incluidas las acciones humanas, los pensamientos humanos y los sentimientos y aspiraciones humanos resultan también obra suya. ¿Cómo pensar que los hombres sean responsables de sus actos y de su conducta ante tal ser todopoderoso? AI adjudicar premios y castigos, estaría en cierto modo juzgándose a sí mismo. ¿Cómo conciliar esta premisa con la bondad y rectitud que se le concede?

La fuente principal del rozamiento entre la religión y la ciencia se halla, por consiguiente, en este concepto de un dios personal. El objetivo de la ciencia es establecer normas generales que determinen la conexión recíproca de objetos y hechos en el espacio y en el tiempo.

Estas normas o leyes de la naturaleza, exigen una validez general absoluta no probada. Se trata en esencia de un programa, y la fe en la posibilidad de su cumplimiento sólo se funda, en principio, en éxitos parciales. Pero es difícil que alguien negara esos éxitos parciales y los atribuyera a la ilusión humana. El hecho de que al basarse en tales leyes sea posible predecir el curso temporal de los fenómenos era ciertos dominios con gran precisión y certeza, está muy arraigado en la conciencia del hombre moderno, aunque haya captado una parte mínima de las citadas leyes. Es suficiente que piense que los movimientos de los planetas dentro del sistema solar pueden calcularse previamente con gran exactitud a partir de un número limitado de leyes simples. De

igual modo, si bien en forma menos precisa, es posible calcular por adelantado el funcionamiento de un motor eléctrico, un sistema de transmisión o un aparato de radio, aun cuando se trate de inventos recientes.

Por supuesto, si el número de factores que intervienen en un complejo fenoménico es demasiado grande, en la mayoría de los casos nos falla el método científico. Basta pensar en la meteorología, y que advirtamos que la predicción del tiempo, hasta por un período de algunos días, resulta imposible: Nadie duda, por cierto, que se trata de una conexión causal cuyos componentes necesarios conocemos en su mayoría. Los fenómenos de este campo no permiten una predicción exacta debido a la variedad de los factores implicados, no a una falencia de las leyes de la naturaleza. No hemos penetrado tanto en las regularidades que se derivan del reino de las cosas vivas, pero sí lo suficiente, empero, para advertir al menos la norma de necesidad fijada. Pensemos al respecto en el orden sistemático de la herencia, y en el efecto de los tóxicos, el alcohol, por ejemplo, en la conducta de los seres humanos. Lo que falta en este ámbito es captar las conexiones de generalidad profunda, mas no un conocimiento del orden de sí mismo.

Cuanto más consciente es un hombre de la regularidad ordenada de todos los acontecimientos, más sólida es su convicción de que no queda espacio al margen de esta regularidad ordenada por caudal de naturaleza distinta. Para él no existirá la norma de lo humano ni la norma de lo divino como causa independiente de los acontecimientos naturales. No cabe duda de que la ciencia no refutará nunca, en el sentido estricto, la doctrina de un Dios personal que interviene en los hechos naturales, donde esta doctrina siempre puede refugiarse en aquellos dominios en los que aún no ha logrado afianzarse el conocimiento científico.

Estoy convencido, sin embargo, de que si los representantes de la religión adoptasen esa conducta no sólo sería indigno sino también fatal para ellos. Pienso que una doctrina que es incapaz de mantenerse a la luz, sino que debe refugiarse en las tinieblas, perderá de manera irremediable su influencia sobre el género humano, con un daño enorme para éste. En su lucha por un ideal ético los profesores de religión deben tener suficiente formación para prescindir de la doctrina de un Dios personal, esto es, desechar esa fuente de miedo y esperanza que proporcionó en el pasado un poder inmenso a los sacerdotes. Tendrán que apelar en su labor a las fuerzas que sean capaces de cultivar el bien, la verdad y la belleza en la humanidad. Por supuesto que es una tarea más difícil, aunque mucho más meritoria y noble. Si los maestros religiosos consiguen realizar la tarea indicada verán, en efecto, con alegría que la auténtica religión resulta dignificada por el conocimiento científico que la tornará más profunda.

Si uno de los objetivos de la religión es liberar al género humano de los temores, deseos y anhelos egocéntricos, el razonamiento científico puede ayudar también a la religión en otro sentido. Si bien es cierto que el propósito de la ciencia es descubrir reglas qué permitan asociar y predecir hechos, no es éste su único fin. Quiere reducir también las conexiones descubiertas al menor número posible de elementos conceptuales mutuamente independientes. En esta búsqueda de la unificación racional de lo múltiple se hallan sus mayores éxitos, aunque sea por cierto este intento el que crea el mayor riesgo de ser víctima de ilusiones. Mas quien haya pasado por la profunda experiencia de un avance positivo en este dominio se sentirá conmovido por un reverente respeto hacia la racionalidad que se manifiesta en la vida. A través de la comprensión logrará liberarse en gran medida de los engaños de las esperanzas y los deseos personales, y alcanzará así esa actitud

mental humilde ante la grandeza de la razón encarnada en la existencia, que resulta inaccesible al hombre en sus dimensiones más hondas. Ciertamente, esta actitud me parece religiosa en el sentido más elevado del término. Y diría asimismo que la ciencia no sólo purifica el impulso religioso de la escoria del antropomorfismo sino que contribuye a una espiritualización de nuestra concepción de la vida.

En tanto más progrese la evolución espiritual de la especie humana, más cierto resulta que el camino que lleva a la verdadera religiosidad pasa, no por el miedo a la vida y el miedo a la muerte y la fe ciega, sino por la lucha en favor del conocimiento racional. Es evidente, en este sentido, que el sacerdote debe convertirse en profesor y maestro si desea cumplir con dignidad su elevada misión educadora. (1939 y

1941).

(…)

¿La religión y la ciencia son irreconciliables?

¿Existe ciertamente una contradicción insuperable entre religión y ciencia? ¿La ciencia puede reemplazar a la religión? A lo largo de los siglos, las respuestas a estas preguntas han originado considerables polémicas y, más todavía, luchas muy agrias. Sin embargo, estoy convencido de que una consideración desapasionada de ambas cuestiones sólo nos llevaría a una respuesta negativa. Lo que complica la cuestión es, sin duda, el hecho de que mientras la mayoría coincide sin dificultad en lo que se entiende por "ciencia" difiere en el significado de "religión".

Respecto a la ciencia es posible definirla, para nuestros propósitos, como "pensamiento metódico encaminado a la determinación de conexiones normativas entre nuestras experiencias sensoriales". La ciencia produce conocimiento de manera inmediata, y medios de acción de modo indirecto. Conduce a la acción metódica si primero se establecen objetivos definidos. Mas la función de establecer objetivos y de definir juicios de valor trasciende su propio fin. Aunque es cierto que la ciencia, en la medida en que capta conexiones causales puede llegar a conclusiones importantes sobre la compatibilidad e incompatibilidad de objetivos y valoraciones, las definiciones independientes y esenciales sobre objetivos y valores quedan fuera de su alcance.

Por otra parte, en lo que atañe a la religión suele haber acuerdo en que su dominio abarca objetivos y valoraciones y, en síntesis, la base emotiva del pensamiento y las acciones de los seres humanos, en cuanto no estén predeterminados por la inalterable estructura hereditaria de la especie. La religión enfoca la actitud del hombre frente a la naturaleza en su conjunto, establece ideales para la vida individual y comunitaria, y las mutuas relaciones humanas. La religión trata de alcanzar esos ideales al ejercer una influencia educadora en la tradición por la elaboración y difusión de determinados pensamientos y narraciones de fácil acceso -epopeyas y mitos- capaces de influir en la valoración y la acción dentro del marco de los ideales afectados.

Este contenido mítico, o mas bien simbólico, de las tradiciones religiosas suele entrar en conflicto con la ciencia. Esto sucede siempre cuando tal conjunto de ideas religiosas contiene afirmaciones dogmáticamente establecidas sobre temas que pertenecen al campo de la ciencia. Resulta esencial, pues, para preservar la verdadera religión, evitar esos conflictos siempre que surjan en temas que, en realidad, no son decisivos para la consecución de los objetivos religiosos. Al considerar las diversas religiones existentes en cuanto a su esencia, es decir, si las despojamos de sus mitos, no me parece que difieran tan fundamentalmente como pretenden los defensores de la teoría "relativista" o convencional. Y esto no debe sorprendernos. Las

actitudes morales de un pueblo que se apoya en la religión han de estar siempre encaminadas al objetivo de mantener y preservar la salud y la vitalidad comunitarias y las de los miembros de la comunidad, ya que de lo contrario la comunidad perecería. Un pueblo que honrase la falsedad, la difamación, el fraude y el asesinato no podría subsistir durante mucho tiempo.

Así, cuando nos enfrentamos con un caso concreto no es tarea fácil determinar claramente lo que es deseable y lo que no lo es; resulta algo tan difícil como definir con exactitud lo que hace que un cuadro o una sinfonía sean buenos. Es lo que se aprecia mejor de modo intuitivo que mediante la comprensión racional. De igual forma, los grandes maestros morales de la humanidad fueron de algún modo genios artísticos del arte de vivir.

Aparte de los preceptos más elementales, nacidos directamente del deseo de mantener la vida y eliminar los sufrimientos innecesarios, hay otros que sin ser en apariencia del todo mensurables según las normas básicas, les concedemos, empero, la debida importancia. ¿Debe buscarse, por cierto, la verdad de manera incondicional, aun cuando obtenerla entrañe grandes sacrificios en esfuerzo y felicidad? Existen muchas cuestiones de este tipo que no pueden tener una solución adecuada desde una favorable posición racional, o que carecen de respuesta posible. Sin embargo, no creo que sea correcto el llamado punto de vista "relativista", ni siquiera en el caso de las decisiones morales más sutiles.

Si observamos las condiciones de vida actuales de la humanidad civilizada, aun según el aspecto de las normas religiosas más elementales, sentimos, sin duda, una desilusión muy dolorosa ante lo que se nos ofrece. Porque en tanto la religión prescribe amor fraterno en las relaciones entre individuos y grupos, el escenario más semeja un campo de batalla que una comunidad hermanada. El principio rector es en todas partes, tanto en la vida económica como en la política, la lucha implacable por el éxito a expensas del prójimo. Este espíritu competitivo predomina hasta en las escuelas y universidades y al destruir todos los sentimientos de cooperación y fraternidad, concibe el triunfo no como algo que emerge del amoral trabajo fecundo y concienzudo, sino como algo que nace de la ambición personal y del temor al rechazo.

Hay pesimistas que sostienen que esta situación es inevitable, inherente a la naturaleza de los seres humanos. Quienes proponen estas opiniones son los enemigos de la religión; sostienen implícitamente que las doctrinas religiosas son ideales utópicos no aptos para regir los problemas humanos. El estudio de las normas sociales de ciertas culturas llamadas primitivas habría demostrado de modo claro, que tal posición negativa carece por completo de base. Los interesados en estos temas, cruciales en el estudio de la religión, deberían leer lo que nos dice de los indios pueblo el libro Pattern of Culture de Ruth Benedict. Al parecer, esta tribu ha logrado, en las condiciones de vida más duras, el difícil objetivo de liberar a sus miembros de la presión del espíritu

competitivo e inculcarles una forma de vida fundada en la moderación y la cooperación, libre de coacciones externas y sin ninguna restricción de la felicidad.

La interpretación de la religión aquí expuesta implica una subordinación de la ciencia a la actitud religiosa, una relación que se menosprecia con demasiada facilidad en esta época materialista por excelencia. Si bien es cierto que los resultados científicos son desde luego independientes de las consideraciones morales o religiosas, no hay duda de que todos los individuos a los que debemos los grandes descubrimientos fecundos de la ciencia se hallaban imbuidos de la convicción, genuinamente religiosa, de que este universo nuestro es

algo perfecto y susceptible de un análisis racional. Si esta confianza no hubiese sido tan arraigada y emotiva y si esta búsqueda de conocimientos no se hubiese inspirado en el Amor Dei intelectualis (Amor intelectual de Dios, frase de la Ética de Spinoza), no es comprensible cómo hubieran podido desplegar esa devoción infatigable que es lo único que permite al hombre alcanzar sus mayores triunfos.

(1948)

(…)

lunes, 12 de marzo de 2012

Carta de Roberto Benigni a Dante Alighieri (Por La Divina Comedia)


"Querido Dante,

Ante todo espero que tú estés bien, que la piedra no te pese demasiado y te auguro que oigas el Gloria in excelsis Deo lo más pronto posible. Y también te quiero agradecer porque con tu Divina Comedia me has hecho enamorarme de la poesía, que es la cosa más bella del mundo. Me has hecho sentir el bien y el mal, me has hecho ir a la cama todo asustado, me has hecho llorar, me has llevado por todos lados, sobre el Océano Atlántico, a Lunigiana, a Jerusalén, a Monterrigioni. Me has hecho morir de la risa, aunque has escrito en una lengua dificilísima, misteriosa e incomprensible, que para entenderla, piensa, me la debí hacer explicar por mis abuelos analfabetos.

Has entrado en mi vida rápidamente, Dante, con una alegría y una potencia estrepitosas, como cuando conocí los damascos. Por eso, para mí Dante, tú eres parte de la naturaleza, como los damascos, el sol, la hierba. Y cuando me preguntan si eres moderno, es como si me preguntaran si es moderna la hierba. Poco después de leerte me has hecho dar un salto sobre la silla en serio. Me di cuenta que no era yo que te leía a ti, eras tú que me leías a mí como ningún otro nunca me había leído, con palabras antiguas y conmovedoras que han atravesado los siglos para posarse sobre nuestros labios.

Me has hecho probar esa sensación tremenda que como yo en el mundo estoy solamente yo, pero que era igual a ti. Y que tú y yo éramos iguales a todos. Cada cosa que siempre había sentido desde que nací, tú le has dado una forma memorable. ¡Cuánto te he querido, Dante! Entraba en tu libro como se entra en una farmacia: leía dos o tres tercetos en voz alta y mataba todos los virus…

(…)

Dicen que la Divina Comedia sea la obra más audaz del ingenio humano, que su enseñanza es tan profunda que puede haber descendido al pensamiento humano sólo por revelación, y que por la primera vez, en la historia del mundo, nos has hecho explorar la remota región de lo Eterno, “físicamente, corporalmente”…
Con la Divina Comedia nos has hecho entender…:

que Dios tiene necesidad de los hombres;
que cada vez que el hombre hace el mal, Dios retiene el respiro;
que no hay mal que no pueda ser consolado;
que cada uno de nosotros está aquí para completar y complicar el fresco;
que la poesía es canto y cuento;
que las mujeres son el ápice de la creación, el alivio del abismo;
que te has ocupado de este extraño regalo que hemos tenido en suerte: la vida;
que, luego de haberte leído, no se miran más las personas con distracción sino como cofres de un misterio, depositarias de un destino inmenso;
que el arte se debe interesar por la vida;
que la vida es mucho más de cuanto podamos entender, por esto resiste;
que ninguno es demasiado extraño para ser entendido;
que cada uno de nosotros es único, y hace la diferencia;
que se puede hablar de los otros cuando hablamos de nosotros;
qué cosa nos hace felices;
qué cosa amamos y odiamos en serio;
que todos nosotros estamos aquí por el sí de una mujer;
que estamos en crisis por el duro deseo de durar;
que nos has vuelto posible vivir en un mundo más grande;
que nos has vuelto el mundo menos extraño y enemigo;
que cada persona es el héroe de la propia historia, aunque sus días y sus noches no parezcan excepcionales a ninguno;
que los hechos del mundo no son el fin de la cuestión;
que en poesía se usa el mismo amor y el mismo número de palabras para describir los órdenes angelicales y el gesto de un sastre que con poca luz introduce el hilo en el ojo de una aguja;
que se puede hablar de tú al desconocido;
que el paraíso está colmado de la deslumbrante belleza del verbo ser;
que la vida es destino y viaje, conocimiento y amor;
que alguno no quita jamás la vista de nosotros, porque nos ama;
que la belleza nace terriblemente;
que el arte es un don...”


Roberto Benigni


El Séptimo Sello (Ingmar Bergman)


Sinopsis:

Suecia, mediados del siglo XIV. La Peste Negra asola Europa. Tras diez años de inútiles combates en las Cruzadas, el caballero sueco Antonius Blovk y su leal escudero regresan de Tierra Santa. Blovk es un hombre atormentado y lleno de dudas. En el camino se encuentra con la Muerte que lo reclama. Entonces él le propone jugar una partida de ajedrez, con la esperanza de obtener de Ella respuestas a las grandes cuestiones de la vida: la muerte y la existencia de Dios. (FILMAFFINITY)

Fragmento de esta gran Obra Maestra de Bergman:



La Confesión

INT. IGLESIA. DÍA.
El Caballero se está confesando. Tras la reja está la Muerte. (El Caballero todavía no lo sabe). De vez en cuando mira a un crucifijo situado en una pared.

El CABALLERO: Quiero confesarme y no sé qué decir. Mi corazón está vacío. El vacío es como un espejo puesto delante de mi rostro. Me veo a mí mismo, y al contemplarlo siento un profundo desprecio de mi ser. (Pausa) por mi indiferencia hacia los hombres y las cosas me he alejado de la sociedad en que viví. Ahora habito un mundo de fantasmas, prisionero de fantasías sin sueños.

LA MUERTE: Y a pesar de todo no quieres morir.

EL CABALLERO: Sí, quiero.

LA MUERTE: Y entonces a qué esperas.

EL CABALLERO: Deseo saber qué hay después.

LA MUERTE: Buscas garantías.

EL CABALLERO: Llámalo como quieras. ¿Por qué, al menos, no me es posible matar a Dios en mi interior? ¿Por qué prefiere vivir en mí de una forma tan dolorosa y humillante, puesto que yo le maldigo y desearía expulsarlo de mi corazón? ¿Sabes? Estoy a punto de llegar a una conclusión... Creo que Dios es una especie de realidad engañosa, de la cual los hombres como yo no podemos desprendernos. ¿Me escuchas?

LA MUERTE: Te escucho.

EL CABALLERO: Por ello, yo quiero saber. No deseo creer. Ni suponer, sino saber... Deseo que Dios me tienda su mano, ver su rostro y que me hable.

LA MUERTE: Pero se calla.

EL CABALLERO: Así es... Le grito en medio de la noche, pero es como si no hubiera nadie en ningún sitio.

LA MUERTE: Puede ser que no haya nadie.

EL CABALLERO: Sí, ya lo he pensado. Pero, en ese caso, la vida sería un horror absurdo. Nadie es capaz de vivir con la Muerte ante sus ojos y creyendo que todo ha de desembocar en la nada más absoluta.

LA MUERTE: La mayor parte de los hombres no piensan ni en la Muerte ni en la Nada.

EL CABALLERO: Sin embargo, tiene que llegar un día en que se encuentren sobre el borde mismo de la vida.... y entonces habrán de mirar hacia la Noche.

LA MUERTE: En efecto. Y ese día puede ser cualquiera...

EL CABALLERO: A veces pienso que tal vez fuera necesario que los hombres hiciésemos una imagen de nuestro miedo y que a esta imagen la llamáramos Dios.

LA MUERTE: Te encuentro inquieto... Demasiado.

EL CABALLERO: Es que la Muerte ha venido a verme esta mañana. He comenzado a jugar con ella una partida de ajedrez, con lo cual puede decirse que me he comprometido a cumplir una misión urgente.

LA MUERTE: ¿Y cuál es esa misión?

EL CABALLERO: Mi vida ha sido algo completamente vacío, sin sentido. He cazado, he viajado, he convivido con todo el mundo. Pero todo ha sido inútil... Lo digo sin vergüenza y sin remordimiento, porque sé que la vida de los hombres está hecha así. Es precisamente por eso por lo que deseo utilizar mi aplazamiento: para realizar aunque sólo sea un único acto que tenga alguna significación.

LA MUERTE: ¿De modo que ese es el motivo por el que juegas al ajedrez con la Muerte?...

EL CABALLERO: Sí; aunque no ignoro que es un adversario muy considerable. Sin embargo, hasta ahora, no he perdido ni una sola pieza.

LA MUERTE: ¿Y cómo has planteado tu juego ante tal adversario?

EL CABALLERO: Pienso jugar con una combinación de alfil y caballo, de la cual todavía no se ha dado cuenta mi contrincante. En la próxima jugada, atacaré su flanco izquierdo.

LA MUERTE: Lo tendré en cuenta.

Por un instante, la Muerte muestra su rostro tras la rejilla del confesionario.
Y desaparece en seguida.

EL CABALLERO: Esto es una traición. Pero nos volveremos a encontrar. Hallaré una salida...

LA MUERTE (invisible): Nos encontraremos en el albergue. Y allí continuaremos la partida.

El Caballero se incorpora.
Y, levantando su mano, la contempla a la luz de un rayo de sol que penetra en el interior de la iglesia a través de una pequeña ventana.

EL CABALLERO: Esta es mi mano. Puedo moverla. Mi sangre corre por mis venas. El sol está aún alto. Y yo, Antonius Block, juego al ajedrez con la Muerte.


Algunos vídeos:

1) Presentación y aparición de la Muerte

2) Confesión (El Dialogo anterior)